CRÓNICAS CINECICLÉTICAS VI

:MAURITANIA::

Llegamos a Mauritania con jet lag. Tanto tiempo a velocidad de pedal, que de repente cambiar de cultura (idioma, forma de vestir, gastronomía, arquitectura…) en un solo día haciendo 250 km a velocidad Mercedes nos resultó, cuanto menos, desconcertante.

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Pasamos 4 o 5 días en Noadhibou, primero en compañía de Chekh, nuestro teletransportador y de su amigo Daha, que nos ofreció su casa sin reparos la primera noche. Luego en casa de Javi, el vicecónsul, que nos trató como hijos pródigos, mimados y agasajados con su hospitalidad (para nuestro gozo, incluso tenía queso manchego y horchata) y la de Maika, una tortuga tan grande que parecía Morla de la Historia Interminable. Tuvimos tiempo de presentar nuestro proyecto en la Alliance Franco-Mauritaniene y de hacer una excursión a Cabo Blanco y ver una foca monje, de las pocas que quedan ya.

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Era jueves y nuestros amigos Ana y Moussa, que viven en Nouakchott, nos invitaron a pasar el finde acampando en las grandes dunas. Así que lamentando no poder pedalear hasta Nouakchott, ya que no daba tiempo a llegar, pero con expectativas del gran finde, montamos los trastos en un taxi-brousse, con la correspondiente pelea para colocarlo bien y con cuidado en la baca, y nos plantamos el viernes en Nouakchott.

Ese finde fue un completo regalo para nosotros. Plantando la jaima a orillas del mar, con dunas color salmón en contraste con la arena de un color más pardo, con bebidas frescas y ganas de disfrutar con las niñas; así pasamos el finde. Bañándonos en agua helada, volando cometas (cerf-volant, me encanta el nombre), jugando al escondite por la noche entre las dunas, haciendo una gran hoguera, viendo volar pelícanos… Y acompañados por Ana y Moussa y sus tres encantadoras hijas Salma, Nila y la intrépida Indira. Por Mohammed y su padre Mustapha. Y por Enrique (que luego se convertiría en nuestro jefe por una semana) y su mujer Sandra y sus hijas Chloé y Laia.

Hacía tiempo que no nos encontrábamos con españoles y primero con Javi y luego con nuestros amigos, dimos rienda suelta a ese castellano, que aparte de entre nosotros, no podíamos compartir con nadie más desde Tetuán. Surgieron batallitas, preguntas, dudas… Está claro que nuestro francés va mejorando a la fuerza, pero poder hablar distendidamente, sin necesidad de hacer un gran esfuerzo, fue un gran placer. Yo, que me considero bastante reservada, estaba disfrutando contando nuestras aventuras y preguntando curiosidades sobre la vida en Mauritania.

Una vez asumida la velocidad crucero de un vehículo a motor, disfrutamos enormemente de nuestro viaje por la playa, que había que programar según las mareas. Este trayecto era la antigua ruta Noadhibou-Nouakchott antes de que se construyera la carretera, hace escasos 8 años. Yo asomada como una niña a la ventanilla, a la izquierda el agua del mar a escasos 3 metros, a la derecha dunas naranjas y enfrente millones de pájaros que levantaban el vuelo a nuestro paso.

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Después del finde de relax nos pusimos manos a la obra con las proyecciones. Gracias a Isabel Fiadeiro, una portuguesa afincada en Nouakchott que nos hizo de apoderada, hicimos un montón de proyecciones: escuelas, centros culturales, asociaciones… sus redes llegaron hasta Ouadane, Chinguetti y Atar.

Y entonces llegó la esperada visita de nuestra amiga Cris desde Madrid, cuánto nos hacía falta (Gracias Cris, qué bien nos viniste a los dos), que nos acompañó durante una semana por la capital mauritana y el siguiente finde al Banc d’Arguin. Nos trajo todo tipo de encargos y porque somos vegetarianos que si no hubiera caído el típico jamón.

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Junto a Cris, Ana, Moussa y las niñas nos fuimos al Banc d’Arguin el finde, un parque nacional al noroeste del país. Allí hicimos una excursión en velero con vela protuguesa, vimos flamencos, pelícanos, espátulas… incluso delfines. Las niñas pescaron desde la barca y jugaron a balancearse con el cabo del mástil. Una imagen realmente idílica.

Por la noche, en el mismo pueblo de Iwik, donde habitan los Imraguen, una tribu pescadora, hicimos una de esas proyecciones con las que habíamos soñado desde Madrid. Bajo las estrellas, sentados en la arena, sin luz eléctrica y con unas risas que cortaban el silencio de la noche. Fue una noche inolvidable. Es una de esas imágenes que se te quedan impresas en la memoria. Esa, y la de la noche siguiente, donde pudimos disfrutar de un mar fosforito a causa del plancton. Estuvimos venga el chapoteo para hacerlo brillar.

Después de otra semana en Nouakchott con la agenda llena de proyecciones, cogimos el cine y nos fuimos a Ouadane, Chinguetti y Atar. Sólo esos 8 o 9 días merecerían una crónica entera. Ruta en pick-up por el desierto, paisaje lunar, té en mitad de ningún sitio, tormentas de arena, proyecciones en oasis y un paisaje espectacular.

En Ouadane, hospedados por la gran Zaida, una haratin con un corazón enorme, que intentó por todos los medios que hiciésemos una sesión de cine en el pueblo, pero las autoridades no parecían tener muchas ganas de aglomeraciones y cine y de que la gente viera cosas de occidente que no interesan (cuando es sorprendente, aunque no haya luz eléctrica la cantidad de parabólicas que hay en las casas). Finalmente fue en su albergue donde pudimos hacer la sesión.

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En Chinguetti, Sylvette también contribuyó con nuestro proyecto albergándonos y dándonos de comer en su precioso albergue Lagueila, además hubo cine en un albergue de caravanas donde podías imaginarte las antigüas caravanas de camellos reposando en sus grandes patios. A escasos kilometros de Chinguetti se encuentra el oasis Kem Kem, una maravilla para los sentidos, donde los jóvenes nunca habían visto cine, así que no reparamos en volver con nuestro humilde proyector a pedales a hacerles pasar un rato divertido. Qué difícil es a veces captar ante la cámara esas caras de asombro, nos quedaremos con ellas en la memoria, ya que con la escasa luz del proyector es difícil tomar alguna foto o grabar algunas escenas tan mágicas.

Quizás porque no nos lo esperábamos y no nos había hablado de él, nos sorprendió bastante Azougui, un oasis cerca de Atar, con montañas negras comidas casi completamente por las dunas y un seco lecho del río con charcos de sal pétrea e infinidad de colores y sin luz eléctrica. Allí también hicimos una de esas proyecciones soñadas, con luna llena, sobre una casa de adobe y lleno total.

 De vuelta a Nouakchott, vino nuestra colaboración con Terre des Hommes, encabezada por Enrique, que nos permitió hacer proyecciones en los barrios más pobres de la capital para niños víctimas de violencia, niños explotados y mujeres con problemas. Fue una semana muy especial, cargada de emociones.

Era tremendo ver como los niños ni se inmutaban con una peli de dibujos, no torcían el gesto, no se reían, caras de madera. Hasta que Carmelo, una vez más, con su “don de niños” se ponía a bailar, aplaudir y de repente el ambiente se relajaba, dejaban de lado el miedo y la quietud y todo se convertía en risas, aplausos y bailes. A partir de ahí, la proyección funcionaba.

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Siempre dijimos, desde un principio, que nosotros no pedaleamos en las proyecciones, que es el público el que pedalea. Pero en estas proyecciones, bien sea porque eran muy pequeños o por falta de coordinación a la hora de pedalear (se estilan poco las bicis en una ciudad de arena), nos tocó sudar la camiseta en salas sin ventilación, con todo cerrado (para conseguir oscuridad) y con un aforo que rebasaría cualquier normativa occidental. Al menos nos movíamos un poco, ya que las bicis llevaban bastantes semanas aparcadas.

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Despedida de nuestra familia mauritana

Y otra vez con los nervios en el estómago por la incertidumbre, salimos hacia Rosso, con la intención de proyectar allí también para Terre des Hommes y la asociación de Aminetu Mint Moctar (AFCF) y de coger la ruta nada lógica para cruzar a Senegal, ir paralelo al río hasta Kaedi y allí cruzar a Senegal.

Una vez en Rosso y bien acogidos por Mariem y nuestra traductora particular de películas Mam, vino el problema con las bicis. De repente mi bici y un poco la de Carmelo empezaron a hacer un ruido de carraca que ni los niños en Navidad. Después de consultar a nuestros expertos en España y hacer todas las cosas lógicas que se nos pasaron por a cabeza, llegamos a la conclusión que teníamos que cambiar toda la transmisión. Pero lejos con dar con la solución, la avería aparece y desaparece como el Guadiana. (Seguimos sin dar con elo)

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El trayecto pegados al río Senegal fue un disfrute para nuestros sentidos, acostumbrados al paisaje desértico desde hacía unos meses, de repente se abría un auténtico vergel: campos de arroz, hermosas huertas de un verde resplandeciente, grandes árboles, los primeros pájaros de colores nos avisaban que nos estábamos adentrando en el África subsahariana. Aunque a veces volvía el paisaje desértico y con él sus dromedarios correspondientes. Lo peor fue el calor, en Abril empieza el calor fuerte aquí y si cuando en España dicen ola de calor del Sáhara, imaginaros qué sientes si estás directamente en el epicentro del mal. Ésto y alguna comida en mal estado nos dejó KO tres días en Kaedi.

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Río Senegal

En el trayecto Rosso-Kaedi, pudimos volver a certificar la buena hospitalidad de sus gentes, los poulard, pudimos volver a hacer proyecciones improvisadas, iba a decir pudimos bañarnos en el río, pero pocas fueron las veces, sino una, porque al parecer las supersticiones de los lugareños indican que al río no le gustan los extranjeros y a veces, no nos apetecía saltarnos a la torera las recomendaciones de nuestros anfitriones.

En uno de estos pueblos, M’Bagne, nos acogió en su casa el responsable de la juventud, Diop y su familia. Qué lugar más idílico, el patio de arena estaba encabezado por dos grandes árboles por donde subían y bajaban danzarines lagartos de cabeza amarilla, y bajo su sombra podías refrescarte con agua de sus botijos particulares, grandes cántaros de barro. Allí organizaron una soirée musical donde invitaron a Carmelo como percusionista, fue como una fiesta gitana hasta las tantas de la madrugada, cantando y tocando sin parar, las niñas imbuídas en la música bailaban como poseídas. Sólo acabaron cuando se dieron cuenta que estábamos muertos de cansancio, nos pidieron disculpas por las horas y se fueron un metro más allá a seguir la juerga, ya que el centro de la fiesta era el sitio donde dormíamos en el patio.

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Y por último llegó Kaedi y ya caímos exhaustos, después de los días tan calurosos donde solo se podía pedalear medianamente agusto hasta las 11 de la mañana, de las noches mal dormidas y el cansancio acumulado, caímos enfermos. Menos mal que en Kaedi encontramos a Ander, nuestro ángel de la guarda, que nos mimó y nos cuidó. Gracias Ander.

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Y de aquí, ahora sí, cruzamos a Senegal.

Isa

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