CRÓNICAS CINECICLÉTICAS XI

.:: MALI ::.

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Las ganas de volver a un país son directamente proporcionales a la amabilidad y la hospitalidad de la gente. Y esto, desde mi punto vista, es lo bueno de viajar. Es el factor sorpresa y el más importante. Puedes conocer de antemano el paisaje por fotos, te puedes informar de la gastronomía y de la cultura, pero a la gente hay que conocerla in situ. Y esto, para mí, es lo que te hace estar a gusto en un país, su gente.

Para nosotros Mali ha sido un placer, a pesar de las tres malarias que sufrimos y que nos obligaron a quedarnos en Bamako dos meses.

Podríamos decir que la entrada al país no fue del todo triunfal. El segundo día, Carmelo se estaba haciendo la prueba de la malaria en un centro de salud de un pequeño pueblo. La prueba dio positivo, pero después de recibir la medicación, como se encontraba bien y nos quedaban 100 kilómetros para Bamako, decidimos continuar para poder descansar. Gran error el nuestro. Después de hacer 50 kilómetros su cuerpo dijo basta. Nos encontrábamos en Siby y justo vimos un hotel. Creo que hemos dormido en hotel 2 veces durante todo nuestro viaje, aparte de las 3 veces que nos invitó el Instituto Francés en Marruecos, pero al encontrarse Carmelo mal, decidí que era un buen día para descansar en un hotel. La mala suerte nos perseguía, el hotel estaba completo, ni una habitación libre. Cuando volví a decirle a Carmelo que no había sitio me lo encontré acuclillado sujetado a la bici y me asusté. Me mareo, me dijo, la cosa se empezaba a poner seria. Empezamos a preguntar a los locales por un sitio para dormir y rápidamente encontramos a un chico jóven que nos ofreció dormir en el almacén de la radio local donde trabajaba, allí que nos fuimos. Monté el campamento base: esterillas en el suelo, colchoneta hinchable y mosquitera, mientras Carmelo descansaba en una silla hecho polvo. Con él ya acostado, yo organizaba bicis, alforjas, conversaba un poco con la familia que nos acogía y hablábamos sobre la malaria, algo a lo que ellos están tan acostumbrados como nosotros a la gripe, pero mi desconocimiento hacía que me empezara a poner cada vez más nerviosa. Ya anocheciendo le empezó a subir la fiebre. Por suerte teníamos conexión a internet en el teléfono y nuestra amiga Aitzi que es médico me tranquilizaba y me decía los pasos que tenía que seguir para bajarle la fiebre.

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Esta vez Carmelo me dejó llevar el carro

No quiso cenar nada, y a mí también se me había cerrado completamente el estómago, pero sabía que yo tenía que estar fuerte, así que acepté un té y una mazorca de maíz que me trajo Abdou, nuestro anfitrión. Por la noche, sentada en el alfeizar de la puerta, a oscuras y oyendo a Carmelo moverse al otro lado de la habitación empecé a tener miedo. Me empecé a plantear que había que coger un transporte hasta Bamako, que Carmelo no llegaría. Mi cabeza se puso en modo “organización” . Esa noche Carmelo me pidió ayudarle a salir fuera a hacer pis de madrugada, iba apoyado en mí, sin apenas fuerzas, cuando volvió, se desplomó literalmente delante de la puerta inconsciente. Fui corriendo a levantarle y sus escasos 65 kilos me parecieron 100, le metí en la cama y es cuando de verdad me empecé a preocupar. Ya de buena mañana, al tomarse la medicación empezó con la diarrea y los vómitos, la fiebre no bajaba y ahí ya, a pesar de su negativa, decidí que debíamos ir a Bamako al hospital. Después de consultar a la gente que conocíamos en Bamako (nos habían incluído en un grupo de whattsapp de españoles en Bamako) y de una llamada del cuerpo diplomático, decidimos coger un taxi y dejar todas las cosas en casa de Abdou, ya volveríamos a por ellas. No sin antes pelear el precio con el taxista, porque le dije, obviamente que queríamos ir directo al hospital. Aquí normalmente los taxis se comparten aunque haya gente dentro. Así que lo normal hubiera sido ir cogiendo y dejando a gente durante el trayecto, con lo cual un viaje de media hora se podía convertir en 2 horas. Decidí pagarle todas las plazas del taxi.

Ya en el hospital la cosa se desencadenó bastante rápido, desmayos, convulsiones, falta de oxígeno. En media hora estaba conectado a oxígeno y a una máquina que le medía las constantes vitales. Llegó deshidratado. Podéis imaginaros el susto de todo aquel caos, médicos corriendo de un lado al otro, que si ahora se desmaya, ahora convulsiona, llama corriendo al médico, llama a a enfermera porque no se acuerda de ponerle el suero… Fueron 3 días de hospitalización bastante duros, para él y también para mí. La medicación no parecía hacerle efecto, los antiespasmódicos no le detenían los vómitos, su cuerpo no aceptaba nada. Menos mal que de vez en cuando nos hacían visitas del grupo español que se preocupaban por nosotros y venían a vernos o traernos cosas. Hasta vino Abdou desde Siby en moto para ver cómo estaba Carmelo. Increíble.

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Después del 3er día la cosa se estabilizó y nos mandaron para casa. Xavier y Amandine nos acogieron durante un mes entero para que Carmelo se recuperara. A base de comer bien y descansar se recuperó lento pero bien.

Las otras dos malarias fueron una consecución de mala suerte. Salida de Bamako hacia el sur y a los 3 días y 180 km, Carmelo vuelve a coger malaria, vuelta a Bamako por si acaso se repite el mismo episodio que la otra vez. Por suerte, esta vez fue más floja y en 3 semanas estaba recuperado. El día antes de salir, me hago yo la prueba porque me encontraba cansada y toma! malaria. Menos mal que me costó un poco menos recuperarme y ya pudimos abandonar Bamako definitivamente. Con alegría por salir pero al mismo tiempo, con pena ya que hemos hecho verdaderos amigos durante nuestra estancia. Claro, 2 meses dan para mucho.

Además de disfrutar de la gente, Mali ha sido el país de las proyecciones soñadas. Hemos proyectado en el sur del país en zonas rurales poco accesibles, donde teníamos que llegar por pistas de tierra y alejadas de la carretera principal. Absolutamente todo el pueblo se reunía para ver el cine en la plaza del pueblo, hemos llegado a estar más de 500 personas en una plaza a la luz de las estrellas. Los niños sentados en el suelo en primera fila, con los ojos fijos en la pantalla, sin parpadear. Solo bajan la mirada, cuando a veces, por demanda de la gente, nos piden más y más y a las 2 horas y pico de proyección se les van cerrando los ojos y se van durmiendo apoyándose en el que tienen al lado o directamente tirados en el suelo.

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Niños dormidos durante la proyección

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Los jóvenes y adolescentes siempre al lado de la bicicleta, son ellos los que normalmente pedalean. Al inicio de la proyección solemos pedir voluntarios para pedalear, siempre intentando que haya chicos y chicas. Son los jóvenes adolescentes los que primero levantan la mano, queriendo demostrar así su vitalidad y fortaleza. Cuando les decimos que tienen que pedalear entre 5 y 10 minutos, muchos se ofrecen a pedalear toda la película, lo que luego normalmente nunca se cumple, bien porque se cansan, bien porque le cambiamos para que así tenga oportunidad de pedalear todo el mundo que quiera.

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Solemos poner un banco para los voluntarios cerca de la bici estática, no obstante siempre hay un mogollón de gente alrededor, curiosos de ver cómo al pedalear se genera la electricidad. Y porque aparte de a película parece que la bici también es parte del espectáculo. También hay de los que animan al pedaleador de turno o aquellos que están constantemente dirigiéndose a él para que vaya más rápido o más lento según el número que aparece en el voltímetro.

Las madres y abuelas suelen ser las que van llegando poco a poco, muchas con la silla a cuestas, la colocan en los laterales de la media circunferencia del público, alejadas y muy escoradas, tímidas. Normalmente las tenemos que recolocar para que puedan ver bien, les cogemos la silla y les buscamos una buena posición.

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Es increíble observar como mientras todo el pueblo deja de hacer sus cosas para ver la película, muchas mujeres no pueden permitirse ese lujo, con lo que se traen la tarea al cine. Se ve a mujeres aguantando una linterna entre el hombro y el cuello, haciendo trencitas a sus hijas, pelando patatas, despiojando a los pequeños…

Suele haber un grupo de hombres haciendo té en una esquina, se les diferencia por la incandescencia de las brasas. Estemos haciendo lo que estemos haciendo (normalmente Carmelo está de asistente a los que pedalean y yo dando vueltas haciendo fotos, aunque con el polvo que hay suele ser imposible), se acercan a ofrecernos un té, da igual si tienen que pasar por delante del proyector, allá que van.

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Imposible sacar fotos decentes con el polvo

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Mientras siempre hay un goteo constante de niños que se acercan. Con el tiempo y los más de 170 proyecciones que llevamos, hemos ido mejorando nuestra técnica como acomodadores. Dejamos un gran hueco delante para estos niños que van viniendo y los vamos sentando en primera fila para que puedan ver. A veces van con sus diminutos taburetes en la mano. Acompañándolos de la mano hasta su sitio. Muchos se asustan y reculan al ver que un blanco se acerca para conducirlos a su “butaca”,(nunca habían visto uno o lo habían tenido tan cerca), pero se les pasa rápido. Miran la pantalla y ya no hace falta consolarlos. El rostro cambia completamente, se relajan y se dejan llevar por lo que está ocurriendo delante de ellos, es una novedad en sus vidas y no quieren perderse detalle. El otro día, en un pequeño pueblo del sur de Mali, pedimos a un padre si podíamos llevar a su hijo de 2 años delante para que pudiera ver bien. Aceptó, lo llevamos delante, se sentó el pequeño y cuando vio que su padre no estaba se echó a llorar. Yo, preparada para ir a cogerlo y llevarlo junto a su papá, vi exactamente lo que describía antes. Con los ojos llenos de lágrimas, el niño alza la cabeza atraído por la luz de la pantalla y los lloros se convierten de repente en boca abierta, ojos como platos y momificación total. Es increíble el poder de la pantalla.

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Por las últimas filas es fácil observar a hombres recostados en sus motos observando la película, en unas posturas imposibles aunque ellos parecen estar cómodos. Y por todos lados, bicis tiradas por el suelo, chavales subidos a piedras para ver bien, e incluso alguno subido a algún árbol.

Los viejos del pueblo suelen ser, junto a los niños, los más motivados, ellos son los que tienen derecho a silla, los que se ponen más cerca, aunque siempre tenemos que ponerlos a un lado para que los niños puedan ver bien, los que vienen a estrecharte la mano con una sonrisa tras la proyección.

Al principio tenemos la costumbre de proyectar un pequeño corto de animación mudo, con música e imágenes psicodélicas. Eso nos permite llamar la atención para que los rezagados vayan viniendo y para distender un poco el ambiente. Muchas veces. Después de la explicación y de colocar a todo el mundo la gente está algo parada, pero con este corto intentamos romper esa seriedad. Nos ponemos aplaudir al ritmo de la música y en seguida el público se une a nosotros y ya está el buen ambiente creado.

Es curioso observar las diferentes reacciones del público según la etnia, el pueblo, la edad… sobretodo en las escenas de risa, puede pasar de unas pocas sonrisas tímidas a carcajadas a todo volumen. A veces Carmelo y yo nos miramos antes de una escena de risa nerviosos para ver cómo van a reaccionar. Si ríen, reímos nosotros también, la risa puede ser muy contagiosa, también sonreímos de tranquilidad, al ver que la cosa marcha. Solemos poner cortos o mediometrajes, así da tiempo a poner unos cuantos e intentar contentar a todo el mundo. Los largos los dejamos para ocasiones especiales.

Últimamente estamos intentando innovar un poco con las películas. A pesar de llevar unas 150 películas diferentes que vamos ampliando con cine local, solemos poner siempre las mismas 20-30 películas, normalmente porque sabemos que funcionan, son apuestas seguras. Pero a nosotros también nos gusta innovar. Es verdad que aunque mañana pusiéramos las mismas 10 películas que hemos puesto hoy, para la gente sería la primera vez y seguro que funcionan igual de bien. Pero también para nosotros, por ver películas nuevas y por experimentar un poco sobre lo que creemos que puede gustar a la gente.

En dos o tres ocasiones hemos proyectado un trozo de un documental, donde aparecen imágenes de diferentes culturas y religiones. En estas ocasiones lo proyectamos porque la gente después de 1 hora y media de proyección nos pedía más y decidimos poner este documental. Estábamos en Diomana, Mali, proyectando sobre el muro de una pequeña escuela/aula. Después del programa que habíamos pensado para esa noche: cortos de animación mudos para los niños, un corto de 15 minutos en lengua local (Bambara), otro corto de un cartero en bicicleta con el que se mueren literalmente de risa haya donde lo pongamos y “Binta y la gran idea” de Javier Fesser; nos pedían más y más así que decidimos poner media hora de este documental.

En una noche iluminada por una gran luna, todo el pueblo alrededor del muro de la escuelita, empezamos a ver todos juntos las imágenes del documental y nos quedamos todos maravillados. La escena de estar en un pueblo recóndito de Malí, donde la gente muchas veces no ha salido de allí, viendo esas imágenes espectaculares de la naturaleza, animales, pueblos de la otra punta del planeta, todo ello aderezado con una música imponente resultaba increíble, hasta para mí. La gente no movía ni una pestaña, todos en absoluto silencio, en contraste con las carcajadas de la película anterior. Fue un momento mágico. El momento de tensión vino cuando aparecieron unas niñas indígenas completamente desnudas, la gente se empezó a revolver, se oían risitas nerviosas… ;en esta zona el Islam es flexible, tolerante y adaptado a las tradiciones ancestrales) y el jefe del pueblo vino amablemente a preguntarnos que dónde era eso, que estaban desnudas y que eso no podían verlo. Afortunadamente todo quedó ahí, en un momento un tanto incómodo. Todo esto transcurrió con educación exquisita y no pasó a mayores.

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Al final, cuando terminamos todos son aplausos, risas, preguntas de para cuándo la próxima, niños que se te acercan y te preguntan que mañana a qué hora. No siempre es así, en ocasiones cuando muere el film, la gente se levanta, y sin más se recogen a sus casas dejándonos un extraño sabor: ¿es que no les ha gustado?, ¿nadie da las gracias? después nos aclaran que todo está bien, que simplemente son así. El responsable nos tranquiliza diciendo que todo el mundo está encantado y que en los próximos días no se hablará de otra cosa. Aunque siempre están los que se esperan hasta el final, los que observan cómo recogemos el material, para ellos debe ser como parte del espectáculo. Una pantalla blanca que se descuelga, una bicicleta que se desmonta, un montón de cables y dispositivos USB que se van ordenando y metiendo todo en una caja. Todo ordenado y limpio dentro de la caja, es el espectáculo de magia que ofrecemos extra después de la proyección. Y la caja encima de un remolque, y el remolque enganchado en la bicicleta. Y…hasta mañana!

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Antes de ir a dormir solemos quedarnos un rato contemplando el cielo y comentando los momentos de la proyección. Un niño que se reía de manera graciosa, la reacción a cierta escena, una señora que no paraba de hablar, una madre que llamaba a gritos a su hijo porque no lo encontraba metiéndose entre el público con una linterna (increíble, pero nadie protesta), un niño despertando a guantazos a su hermano que se había quedado dormido… y aún después de tantas proyecciones cada una es única y especial porque en cada una de ellas seguro que hemos contentado al menos a alguien, hemos oído una carcajada que nos ha hecho reír o ha venido una madre a darnos las gracias. Por eso, cada proyección es única.

Isa

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8 comments

  1. Una vez más hè disfrutando del ” informe del viaje”. Me hè emocionado al leer de los días más delicados de las malarias. Por suerte lo habeís superado. Un Besote grande.

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  2. Isabel qué reportaje tan hermoso. La primera parte explicando con emoción y realismo la llegada y la superación del paludismo. Después la magia de la proyección y las reacciones humanas. Tienes un estilo sencillo y poderoso. Las fotos magníficas a pesar del polvo. Tu mirada todo lo puede.
    Muchas gracias por compartir y mucha suerte para siembre. Un beso enorme para cada uno.

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  3. Que bonito reportaje y las fotos ! Os deseo mucha suerte y mucha salud por delante. Yo creo que ya habéis cubierto el cupo de malarias sobradamente! Seguid pedaleando, llevando alegría a la gente y cuidando el uno del otro. Que vaya muy muy bien! Un beso

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  4. Ánimo viajeros y creadores de magia. La mejor sala: vuestro cañón de luz y el cielo azul, el poder de las imágenes evocadoras del sueño y los viajes por otra dimensión. No os olvidarán.

    Cuidaos mucho.

    Tres malarias es suficiente.

    Bye.

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  5. Hello, cineciclistas o cinecicletistas, 25 de diciembre, aquí es Navidad. Los magos de Oriente son dos y van en bicicleta regalando cine por tierras muy, muy lejanas… Que sigáis repartiendo felicidad, belleza, bien.

    Fuerza aventureros.

    Bye.

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