CRÓNICAS CINECICLÉTICAS XIV

.:: KENIA. NO ES PAÍS PARA BICIS ::.

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Llevábamos 16 meses viajando a la velocidad de un camaleón, por lo que hacer 4000 km en sólo unas horas sin ver paisaje alguno, no era lo que habíamos planeado en principio. Saltarnos fronteras y un buen tramo del continente sin pedalearlo nos producía tristeza y rabia pero, esta vez, la seguridad se convirtió en cuestión crucial. Todos/as los/as consultados/as nos desaconsejaron ir hacia el sur, atravesando Nigeria o Camerún, y menos aún hacerlo por el inestable centro africano. Tampoco íbamos demasiado bien de tiempo si queríamos seguir con nuestro pausado ritmo y llegar a Madagascar. No había otra, decidimos volar (con desagrado) hacia otro mundo. El camaleón de convirtió en guepardo por unas horas.

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Desde los comienzos del proyecto siempre fantaseamos con atravesar el continente a lomos de la cicla; no pudo ser. También decimos siempre que en esta tierra hay que adaptarse e improvisar y eso hemos hecho. El proyecto CINECICLETA y el viaje en bici van de la mano, uno ha de mirar por el otro y el otro por el uno, son indivisibles y queremos que ambos sigan adelante. Si no llevásemos tan apetitosa (y pesada) tecnología, casi seguro nos hubiéramos aventurado, pero optamos por la prudencia.

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De madrugada, nada más aterrizar en el aeropuerto Internacional de Nairobi, notamos que el ambiente nos era desagradablemente extraño al tiempo que familiar. Era África pero se sentía distinta; estábamos en el Este. Con las primeras respiraciones, recibimos otra atmósfera.

Primer contacto humano (definitorio que no definitivo): A las tres de la madrugada, según pasamos la aduana aeroportuaria y salimos con las bicis empaquetadas y una ostensible cara de sueño, comprobamos que nuestro único enlace conocido con el mundo exterior, el taxista que nos enviaron unas conocidas aún no había llegado. Sin dinero ni tarjeta telefónica local y con la terminal bajo mínimos, decidimos pedir a una trabajadora el favor de que nos dejara llamar brevemente a nuestro contacto para saber que pasaba. Fueron 20 segundos de comunicación telefónica y por supuesto, agradecimos el favor. “¿De que favor estás hablando?” nos imprecó, “me debes un dólar…”. Ya dije antes, sentimos que algo nos era familiar. Fue como una bofetada de bienvenida; abrimos la cartera y compungimos el corazón. Ya estábamos echando de menos a África del Oeste y su humanidad desbordante. Sé que es una simplificación y una generalización, y como tal, es injusta, pero al tiempo describo un sentimiento propio, y ya sabemos que estos no se rigen precisamente por la sensatez.

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1.300 km bicicleteros después y 8 proyecciones en aproximadamente mes y medio por tierras keniatas, estas son mis impresiones sobre esta zona del mundo y sus gentes. Seguro que no seré justa pues no es más que un breve periodo de tiempo y no he podido compartir el tiempo necesario para comprender las razones de todos sus habitantes. Además, hubo un factor determinante que afectó de forma negativa a mi humor y se verá reflejado seguro en este escrito; y es que mi amigo el forúnculo del trasero se hizo notar con verdadero protagonismo (¡el muy cabrón!) en este trozo de tierra, más que en otro momento del viaje. ¡Y van 20 meses! Es lo que hay.

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CAMBIOS

Fueron demasiados de golpe; tomar ese avión supuso, como ya dije, cambiar de mundo y de hábitos.

El francés, exceptuando el criollo en Guinea Bissau, había sido el idioma que habíamos utilizado en los últimos 16 meses para comunicarnos en los países del África Occidental. En este tiempo conseguimos adaptar el cerebro a esta extraña combinación de sonidos que hace que tengas que transformar tu cara y tu boca en un amasijo de gestos y ruidos nunca antes imaginable. Nos llevó varias semanas recomponer de nuevo el cerebro y guiarlo a que nos ayudase con el inglés. No fue fácil. A mi los idiomas no se me dan bien, ni siquiera el materno, y cambiar así de golpe era un prueba máxima. Ahora no podía hacer pellas como en el instituto y escaquearme de la peor forma, ahora tenía que enfrentarme a ello. Por supuesto Isa se adaptó mejor y más rápido y nos sacó a ambas de situaciones enquilombadas, como por ejemplo, sacar la visa mozambiqueña en la embajada de ese país en Nairobi. ¡Gracias Isa! Al principio las respuestas salían en francés pero poco a poco volví a balbucear esperpénticamente en inglés como lo llevo haciendo toda la vida. Meses después, me mantengo en esa linea. ¡JA!

El primer día que salimos al exterior pensamos ¡algo no anda bien!. No sabíamos bien que era hasta que casi un coche nos atropella; lo peor es que era nuestra culpa. ¡Conducen al revés! Todas van por la derecha y no, no es que no conduzca nadie, ¡es que tienen el volante al otro lado! No lo habíamos pensado, pero en nuestro caso era importante tenerlo en cuenta a cada momento. Cada intersección se nos hacía un mundo, teníamos que pensar por dónde entrar en los cruces, cómo atacar las rotondas… En unos días conseguimos ir menos tensas por la calle.

Después de un buen tiempo también comentamos que, a diferencia de África Occidental, no todas las mujeres, de la edad que sea, tienen por qué llevar un niño a la espalda, como si fuera parte de ellas, observamos que hay mujeres, la mayoría, que no cargan bebés. También vemos, que en general, hay menos niños y más viejos/as. También que la gente sonríe menos, en general prevalece menos el desinterés; vamos que no existen los favores, que si alguien mueve un dedo es por interés monetario. Este concepto tan arraigado y normalizado en nuestras sociedades, había desaparecido en nuestro día a día; ahora volvía a ser parte de nuestra realidad. El dinero es la única moneda de cambio, el trueque parece extinguido aquí. Todo se paga y cualquier observación u oposición al respecto se responde con una contundente carcajada, o lo que sería lo mismo en España: ¿estás de coña o qué?. Todo esto lo achacamos a un grado de desarrollo económico superior. Hay más acceso a los suministros. Hay también muchos más coches, el tráfico es infernal. Hay más cantidad y variedad de comida, se come mucha más carne que en la otra costa y la mayor parte de la gente tiene acceso a la electricidad. En cuanto al agua, la cosa cambia sobre todo en los pueblos. En África Occidental el paisaje estaba jalonado de pozos, en Kenia los acuíferos están más profundos y como es tan caro perforar, se sustituyen por tanques de agua que se encargan de rellenar los camiones cisterna. No queríamos comparar pero era inevitable.

La influencia británica es notable y no sólo en el idioma o en la dirección del tráfico, por desgracia también han adoptado sus costumbres gastronómicas. Se acabó el pan tal y como lo conocemos; de la barra (baguette), bien o mal facturada, pasamos al pan de molde. ¡¡¡Horror!!! Judías cocinadas y patatas fritas están en el top de lo que llevarse a la boca. La pasta de maíz es algo que no cambia, el único denominador común de una costa a la otra; aquí se llama Ugali.¡Menos mal que encontramos más verduras y frutas!

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Con los chicos y responsables del orfanato st. Martin n Niahururu

El Islam nos acompañó como religión predominante en los 9 países que habíamos atravesado. El muecín proveniente de sus miles de minaretes, ver a la gente improvisando el rezo al ritmo que este singular aviso lo marca, se nos había hecho familiar. Desde nuestro punto de vista viajero, a nivel logístico y dependiente de la hospitalidad de las gentes, la práctica de esta religión en las zonas rurales de estos países, fue como una bendición. Si sumamos la calidez de sus gentes, a los obligados preceptos de hospitalidad al viajero, nuestra experiencia ha sido muy feliz. En un viaje de estas características nunca sabes donde vas a dormir y cada noche es una incógnita; pues bien, en estos países sabíamos, que dormir, el aseo, por austero que fuera, y algo de comer, era algo seguro a la primera intentona en cualquier pueblo. Ahora, la religión predominante, en sus múltiples variantes aquí, en el Este, es la cristiana.

Particularmente en Kenia casi nadie nos metió en sus casas. De nuevo, al igual que en muchas partes de España o Italia (siempre hay excepciones, por supuesto), me eran familiares las excusas a la hora de darnos cobijo. Era hora de adaptarse a la situación y cambiar de estrategia.

Pero, si bien los feligreses o simplemente los/as keniatas eran parcos/as en su hospitalidad, descubrimos que en las parroquias no lo eran tanto, y sus líderes, (a veces lideresas) nos abrían los brazos y nos encontramos, a final de cada jornada ciclista, buscando como locas una iglesia, del signo que fuera para pernoctar con seguridad. Así llegamos a dormir en iglesias evangélicas, luteranas, baptistas, adventistas, anglicanas, pentecostés, católicas, y no se cuantas más. En ninguna nos preguntaron como condición para quedarnos a cual pertenecíamos, excepto por supuesto las católicas, que miraban más si estaban metiendo en casa a uno de los suyos o al enemigo. Algunas, eran sólo cuatro paredes de adobe y techo de chapa, pero en la mayoría eramos bien recibidas.

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Kenia basa gran parte de su economía en el turismo. Vengo de un país con una gran tradición a la hora de recibir visitantes. En décadas pasadas no existía la sutileza que hay ahora y no creo que suecas/os, alemanas/es y demás foráneos/as que venían a la exótica piel de toro se sintieran demasiado cómodas/os ante el trato burdo con el que eran tratadas/os por las/os rústicos locales. Tampoco se sentirían bien al sentirse timados/as constantemente y encima a que se mofaran de ello. En la actualidad parece que hemos aprendido a conservar a la gallina de los huevos de oro; en Kenia están en proceso para conseguirlo. Sabíamos donde nos metíamos y sabemos también que toda zona con una economía basada en el turismo, pierde la autenticidad y sobre todo el trato cercano y humano. No debería haber queja pues, no la hay pero, el cambio fue tan brusco (además, todo el mundo tiene el derecho a ganarse el pan como mejor pueda) que al menos me parece oportuno subrayarlo. De nuevo sólo cabía adaptarse a la situación y sacar el mejor provecho, con lo que, ya que estábamos aquí decidimos hacer turismo. ¡JA!

NAIROBI

Los primeros días en este nuevo mundo los pasamos en Nairobi. Las/os chicas/os de Kubuka/Más por ellos (organización española que apoya proyectos locales de carácter socio-educativo), nos acogió calurosamente en su apartamento de Langata Road. Desde el quinto piso se divisaba perfectamente su principal lugar de trabajo: Kibera, el mayor Slum (barrio chabolista) de toda África con más de un millón de habitantes. Con la energía y el entusiasmo que sólo da la juventud, esta gente aporta lo mejor de sí en este desaguisado de chapa, basura, fango y vida. En Kibera, bajo su tutela tuvimos la suerte de poder hacer una de las proyecciones más intensas del viaje.

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Más adelante también colaboramos con ellas/os en el orfanato Good Samaritan, también en la casa de acogida de St. Francis y en Katangini. Gracias de nuevo por asistirnos y hacernos más fácil la adaptación.

Nairobi es una mega urbe, y como tal los contrastes son abismos. La gente viene de las zonas rurales y se instala como y donde pueden, haciendo que su vida sea puro equilibrismo. Pero también existe el lujo a niveles deslumbrantes. Tiene un centro financiero y administrativo que no tiene nada que envidiar a cualquier ciudad occidental. Rascacielos, autopistas de circunvalación, parkings, restaurantes y hoteles de super lujo, etc. También comparte absurdeces propias de las urbes occidentales como por ejemplo, unos precios a la parisina o la prohibición de fumar por las calles, mientras los humos megatóxicos de los tubos de escape de miles de matatus (furgonetas que se encargan de suplir el inexistente transporte público) y autobuses que pugnan salvajemente por cada milímetro de asfalto libre, destrozan tu cerebro y tus pulmones.

Quisimos escapar de allí lo antes posible, pero no era fácil. Primero porque salir en bicicleta de un hormiguero de esas dimensiones no estaba en los planes de los responsables urbanísticos que diseñaron la ciudad, y que jamás pensaron en que una bicicleta pudiera circular en ese espacio; y menos entrar o salir de allí. ¿os suena esto, amantes urbanitas de las bicis?. Después porque a nivel nacional casi todas las carreteras pasan por Nairobi y, ya te dirijas al norte, sur, este u oeste, siempre habrás de atravesar este infierno. No recomendaré esta experiencia ni a mi peor enemigo/a. En mi opinión, circular con la bicicleta por Nairobi, su amplísima área de influencia, y las regiones aledañas es una locura y además es peligroso. En Kenia, las carreteras principales están saturadas de tráfico. El número de camiones es comparable al de un país occidental, pero, ni las infraestructuras viales son suficientes para absorber a un número tan exagerado, ni la educación al volante es parecida. El más fuerte y el más grande tiene el poder, y los ciclistas son insectos insignificantes, suprimibles. Te hacen saber que no eres bienvenido en su territorio; te pasan cerca, te rozan, para ellos es sólo un juego, para ti, un estrés constante. Para colmo y, en un alarde de inteligencia vial (sarcasmo), los arcenes están sembrados cada 25-50 m de badenes, imaginamos que para que no circulen de forma aleatoria los matatus, no se sientan cómodos y haya un poco de orden. Para las bicis (y más si duplicas la anchura con un carro), es el acabose. De esta manera no se pueden usar los arcenes y tenemos que circular obligatoriamente por las vías principales, compartiéndolas con el resto de vehículos. Más de una, acertadamente se preguntará, ¿por qué no usar las carreteras secundarias? Pues porque sencillamente no hay. Y, ¿qué hay de las pistas? Nada, son intransitables, parecen sembrados de piedras que sobresalen; en algún momento serían la base para sujetar la tierra pero sin el mantenimiento adecuado se han venido abajo. En esas condiciones el carro saltaba como si lleváramos dentro una familia de canguros y como precaución no debíamos superar los 4-5 km/h. Por lo tanto, pistas también descartadas. Sólo quedaba ir a zonas menos pobladas, con menos tráfico.

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Probamos alrededor del Monte Kenia. Maravillosos paisajes atravesados por carreteras como toboganes.

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El diseño de éstas no tiene desperdicio; constantes subes y bajas con porcentajes del 15/16% aceleraban nuestras pulsaciones y corazones al límite y sentíamos cuádriceps y rodillas a punto de estallar para luego descender vertiginosamente… y vuelta a empezar. Quien quiera recorrer Kenia en bici que se lo piense bien, o al menos que diseñe bien la ruta antes de hacerlo, nosotras fuimos un poco a lo loco y así nos fue.

VISITAS

En Kenia aterrizó también Cristian, un amigo de Isa que nos acompañaría a golpe de pedal durante mes y medio. Más adelante les tocaría el turno a la familia Salvatella-Alsasua, compuesta por Jesús, Aitziber, y las gemelas Irati y Maitane. Era la segunda visita de la familia, la primera fue 9 meses antes, en Senegal. En total ya éramos 5 bicis y dos carros. Con estas nuevas incorporaciones al grupo, puede parecer que el asunto logístico creciera en complicaciones, pero no; al saber los responsables de la iglesias cristianas que en el grupo había un Cristian y un Jesús, las puertas se nos abrían a la primera. Además cuando veían a las gemelas la cosa estaba hecha.

Cristian quería ir a toda costa al Masai Mara y decidimos acompañarle. Conseguimos una buena oferta por tres días y para allá que fuimos. El mítico Parque Natural de donde los masáis fueron expulsados, nos pareció más un parque temático, una especie de zoológico gigantesco. Tuvimos la suerte de ver a los “cinco grandes”: rinocerontes, leones, leopardos, búfalos y elefantes; además de hienas, hipopótamos, antílopes, jirafas, secretarios, búhos gigantes, gacelas Thompson etc etc. Habíamos oído decir que en este parque no eran respetuosos con el transitar de los animales pero lo que experimentamos fue exagerado. Armados con potentes radios, los conductores de los matatus 4×4 en los que íbamos los/as turistas se avisaban en cuanto veían algún animal. Sin ningún pudor se abalanzaban en su “captura“ para que los turistas pudiéramos tener a tiro con nuestras cámaras lo más cerca posible a la víctimas. Tan cerca se colocaban alrededor de, por ejemplo, un leopardo que reposaba la siesta tranquilamente en lo alto de una rama, tantos éramos los vehículos y a tan poca distancia, que el pobre leopardo no sabía donde meterse. En una ocasión metimos la nariz tan cerca de un grupo de leonas que acababan de dar caza a una cebra, que pudimos oler el hedor a muerte de forma muy intensa.

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A veces era tan invasivo el acecho al animal que incluso cortábamos su paso y variábamos su ruta sólo por nuestro beneficio. Notamos con pena como los animales estaban más que acostumbrados a este acercamiento constante y con más pena confirmamos que nosotras éramos en parte culpables de todo. Sabemos que no todos los parques tienen esa política tan poco respetuosa con el entorno y sus habitantes, en esos parques simplemente no se sale de los caminos y si los animales están lejos, pues nada, se tira de agudeza visual o de prismáticos y listo. Aunque pudimos ver y disfrutar de algo que nunca antes habíamos visto en un lugar absolutamente precioso, el goce no fue total al saber que muy poco de la inmensa cantidad de dinero que entra al país por este cauce beneficia a las comunidades locales y que gran parte se lo lleva la corrupción política y administrativa establecida y aferrada como una lapa. De nuevo familiaridades.

A Cristian no se le nota que es su primer viaje en bici (que no a África); se adapta a la perfección y pedalea como un experto. Da gusto compartir parte del viaje con él y nos confiesa que lo está disfrutando tanto que ya no quiere dejar de viajar de esta manera y confirma que “hemos creado un monstruo”. Vamos, que parece un hecho, que ya hay un cicloviajero más por esos caminos del mundo. A su vuelta, ya en España, su vida laboral ha dado un vuelco, pero lejos de atrincherarse en lamentos ha decidido coger la bici y atravesarse el continente americano de norte a sur. ¡Bravo Cristian y mucha suerte!. Parece que la dichosa bici engancha.

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Después de una proyección en Nakuru, y antes de que llegara la familia Salvatella-Alsasua, decidimos hacer una ruta los tres alrededor del lago Baringo, para ver hipopótamos y luego subir hasta Iten y Kabernet, atravesando por dos veces el majestuoso valle del Rift.

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Incluso pasamos por la zona de montaña donde entrenan la mayoría de campeones maratonianos y mediofondistas. Está a 2000 m de altura y la etnia que vive allí da nombre a una marca deportiva; Kalenji.

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En Nakuru soltamos lastre, dejamos a buen recaudo el cine, repuestos, ordenador y también el equipo de filmación con el que estamos intentando grabar este viaje-proyecto. Preferimos no cargar todo eso en estas mini vacaciones de una semana larga. En mi caso, con 47/48 kg menos de lo habitual; se obró un milagro. Después de arrastrar el equipo durante 13.000 km, ciclar como solía hacerlo, sólo con lo indispensable, fue una sensación maravillosa. Después de tanto tiempo recuperaba el placer de rodar. Me sentía ligero, y parecía que la bici se deslizaba en vez de arrastrarse; subía los puertos con alegría.

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Aunque en una ocasión, en que los 17 km de subida se hicieron más que duros, tuvimos que agarrarnos los tres a un camión para descansar durante un tramo las piernas, a esas alturas, ya disecadas. Duró poco; recuperamos el material y volvimos a Nakuru a encontrarnos con la familia.

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Por suerte hay en Kenia un parque donde la bicis pueden entrar y circular tranquilamente, el Hell’s gate (Puerta del Infierno). El nombre no nos amedrenta y decidimos ir. Supuestamente no hay depredadores y apenas circulan vehículos a motor. Esta junto al lago Naivasha y para allá que fuimos todo el grupo. ¡¡¡GUAU!!! ¡Vaya lugar! Ahí si que disfrutamos de lo lindo. Nos reciben altísimos muros basálticos de color rojizo que delimitan inmensas llanuras donde campan a sus anchas cebras, ñues, jirafas, jabalíes verrugosos o facocheros, búfalos, gacelas, antílopes, monos, babuínos y una infinidad de aves. Casi todas éramos vegetarianas y no hubo agresiones mutuas. Los animales se dedicaban a lo suyo, a ramonear y al igual que nosotras, a deambular a paso tranquilo. Apenas nos cruzamos con otras bicis ni coches, fue un día de disfrute total. Totalmente recomendable. Además, el hecho de que no haya depredadores parece que le quita caché al parque (lo demandado por los turistas son los 5 grandes) y el precio es muy asequible, unos 28 dólares por cabeza.

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Viajar en bicicleta con dos gemelas que no llegan a los tres años en una región tan difícil y con tantos riesgos como esta no es tarea fácil. Aitziber y Jesús, los padres de las criaturas, tienen los “huevos pelados”, es decir, mucha experiencia cicloviajera por los sitios más jodidos del planeta, pero ésta era su primera salida con las bicis y las niñas al tiempo. El hiperproteccionismo parental imperante nos lleva directamente a pensar que estos superpadres son, como mínimo unos locos y unos imprudentes. Reconozco que antes de que llegaran yo estaba un poco por esa linea, pero con su desparpajo vital y su decidida y valiente actitud, esta pareja me han demostrado que puedes educar a tus hijos de muy diferentes maneras, además de proporcionarles experiencias vitales que jamás olvidarán, ni las peques ni nosotras.

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Con las precauciones médicas y logísticas adecuadas, y después de unos primeros días un tanto caóticos de ajustes entre todas, demostraron sin pretenderlo que podemos disfrutar incluso de esta manera. En general soy escéptico y algo psico-rígido y pensé que todo iba a ser un desastre; me equivoqué y les doy las gracias de corazón por su visita, por enseñarme sin pretenderlo que hay que ser más flexible en la vida y sobre todo más valientes y optimistas. Las niñas disfrutaron de lo lindo y todas lo pasamos en grande. Gracias de verdad queridos amigos. Al final, adaptaron su ruta a la nuestra y nos acompañaron hasta la frontera de Tanzania. Ya les echo de menos.

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Tanzania estaba de nuevo en nuestro camino hacia el Sur y todo cambiaría bastante. Pero esa es otra historia.

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K

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3 comments

  1. Querid@s cineciclet@s. Os admiro y envidio, porque nunca tuve el valor suficiente para abordar una empresa como la vuestra. Creo que ya os había dicho antes, nosotros amamos el cine y hacemos nuestra propia muestra de cine, el Certamen de Cine de Viajes del Ocejón. Sigo vuestras crónicas desde el primer día, y si vuestro lenguaje cinematográfico fuese tan lindo como el escrito haréis una gran película que no puedo perderme. Me encantaría ir con vosotros un rato, uno días, una temporada.. Prometo seguir siguiendoos.

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  2. Muy buena crónica K!! como todas las anteriores,pero como está la he
    vivido doy fé que lo has clavado,tal cual fue👏👏👏👏
    Momentazo camión 😂😂 pillarnos a él nos dio la vida.
    Un abrazo fuerte compañeros!!

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  3. Si Marco Polo os hubiera conocido, habría exportado vuestro proyecto hasta la lejana Xi´an. Presentando vuestro invento al Kublai Kan Emperador de Mongolia y China, en Yangzhou, el veneciano, habría abierto un fantástico cinema que habría empequeñecido al Kodak Theatre de Los Ángeles. Quizás se encuentren los restos…

    Thanks a lot.

    Cuidaros mucho.

    Bye.

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