CRÓNICA CINECICLÉTICA XV

.:: TANZANIA. MASAIS Y DIENTES DE TIBURÓN ::.

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Entramos en Tanzania subiendo y bajando colinas.

Volvíamos a estar solas, tras las saneadoras visitas de las amistades queridas. Regresaron a sus nidos. Estábamos las dos de nuevo en nuestra sola compañía, y en nuestra solitaria soledad (eso no cambiará nunca).

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Lo hicimos rodeando el monte Meru, una auténtica preciosidad de 4.566 m. Desde Longido, nuestra primera parada, ya pudimos intuir entre la bruma de un atardecer de fantasía la descomunal figura del Kilimanjaro (5.895 m). Nos quedamos atónitas, estábamos a más de 80 km y era descomunal. Como siempre, peinaba sus canas perpetuas en todo lo alto. No sólo por curiosidad habíamos preguntado el cuánto que nos permitiera rascar sus nieves pero ese cuánto era inescalable para nuestras arcas. Hay lugares que tienes estampados entre los ojos desde que te hablan de ellos o los ves en fotos o documentales; este es uno de esos objetos de deseo que seguirá siendo eso mismo. Nunca imaginé que pasear una montaña fuese tan prohibitivo. No se necesita escalar, sólo estar en buena forma y caminar varios días hasta que ya no hay más, pero el asunto lo han complicado. Es obligatorio que te guíen, que te protejan, que carguen tu comida y casi, que te lleven en volandas.

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Monte Meru

Menos mal que estaban ahí nuestras bicis para rebajarnos el disgusto y seguir proporcionándonos felicidad sin más. Teníamos ganas de bici, de conocer el país Masai, de cruzarnos con animales salvajes, de ir más hacia el SUR… en ese revitalizador deslizarse en silencio sobre ruedas. Teníamos ganas de Tanzania …¡¡¡¡y nos hartamos!!!!

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Para seguir hasta Mozambique debíamos atravesar el país de norte a sur. Dos opciones: el camino principal, por la costa, el elegido por los camiones y todo el tráfico; mucho más corto. El segundo, por el interior, por la Tanzania profunda, mucho más largo y sinuoso pero sin tráfico. Escarmentadas con la experiencia de las carreteras keniatas, no lo dudamos, escogimos la segunda opción. Nunca sabremos si acertamos.
Muchas cosas se han escrito y se han filmado sobre los/as Masais y no será aquí donde los descubramos, pero sí nos gustaría resaltar que aunque los blancos les hemos jodido (al igual que a cualquiera sobre la tierra que no tenga fuerza, ganas o posibilidad para luchar contra su codicia y crueldad) hasta la nausea, muestran un carácter afable y tranquilo. Algunos/as se han adaptado a lo que hay (turismo y cultivos), otros/as mantienen sus tradiciones, pastorean, venden su medicina, beben sangre de vaca etc, pero todos/as van con sus ropas y abalorios tradicionales. Tuvimos la oportunidad de poder proyectar en un colegio donde todos eran niños/as masais, incluso un joven “guerrero” pedaleó para ellos/as en nuestra cinecicleta.

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En esos días de convivencia en un boma (grupo de casas y rediles donde vive y pernocta una familia Masai y sus rebaños), bajo las estrellas, los hombres rememoran tiempos pasados aludiendo a sus antepasados cuando aún quedaban leones y los mataban con lanza; comprobamos de nuevo que ser mujer es perder y ser mujer masai no es divertido, y menos si enviudas.

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Seguimos en territorio masai y de nuevo la tentación se pone a tiro. Esta vez se cruza en nuestro camino el cráter del Gorongoro y esta vez dejamos que nos invada la posibilidad bien real de ir a visitar aquel lugar. Sabemos que es temporada baja (por las lluvias y por el calendario) y no hay muchos turistas. Estamos dispuestas a aprovechar esta coyuntura y decidimos poner en práctica todas nuestras artes piratas para conseguir un buen precio. Regateamos hasta el límite y conseguimos no salirnos de presupuesto. Conseguimos un acuerdo, iríamos al paraíso. Otro de esos lugares soñados, que se presenta ante tus ojos mas armonioso y bello de lo imaginado. Este extinto y arcaico cráter, esta gigantesca formación de más de 30 km de diámetro, antiguo hábitat masai, es indescriptible en cuanto a dimensiones y belleza. Sus verdes praderas, sus bosques de acacias centenarias, sus lagos coloreados de flamencos, son lugar de armoniosa convivencia de manadas de búfalos, elefantes, hienas, leones, hipopótamos, cebras, gacelas, antílopes etc. Algunos rebaños de vacas y sus pastores masáis aún tienen permiso por el día para ramonear en la fértil tierra. Sólo fue una jornada, pero inolvidable, eso seguro.

Antes de abandonar territorio Masai, volvimos a tener una sorpresa en la carretera. Ciclábamos tranquilas, disfrutando del paisaje, saludando a los auténticos y antiguos pobladores de la zona cuando un coche de la autoridad nos avisa con algo de alarma en los ojos que tres elefantes andan sueltos muy cerca; tal y como lo dice se marcha y nos quedamos pensando que debíamos hacer. Las dudas se disipan, no hay otra, seguimos adelante un tanto escépticas. En los siguientes 10 km no ocurre nada, algunos árboles jóvenes caídos nos dan la pista de que no andan lejos, pero nada más. Hasta que vemos al borde de la carretera dos hermosísimas criaturas que nos quitan el habla. Nos quedamos simplemente allí, observando, entre acojonadas y maravilladas, disfrutando de ese momentazo.

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PREGUNTAS SIN RESPUESTA

Los locales, la gente que nos rodea, nos grita, nos anima, nos saluda, nos reclama, nos acecha, nos observa, nos admira, nos ignora, nos escruta o nos detesta. Intervienen y mucho en el devenir diario. Reconocemos nuestra fragilidad y dependencia en este trayecto por el continente africano y demostrado queda la cantidad de cuestiones que pueden hacer variar nuestra suerte; por esto mismo hay multitud de factores que estimulan, para bien o para mal, nuestro estado de ánimo. Pero principalmente somos nosotras dos quienes nos sostenemos y nos trabamos mutuamente. A veces, cuando el diálogo interior no basta, cuando sólo hallas preguntas y nada más, siempre podemos acudir a la otra, publicándonos nuestras dudas; muchas veces no obtenemos lo que buscamos, no hay respuestas, pero la sola escucha del pensamiento o la reflexión de la otra, nos ayuda para verlo de otra manera. Y así, vamos tirando.
Constantemente caemos en errores de planteamiento, llevados por nuestra observación torpe o incompleta, o sencillamente por nuestra ignorancia. Un ejemplo; a estas alturas del viaje ”te crees inmunizada con todo lo que has visto”. A veces, sin precaución, y sin imaginar que en ese momento has bajado la guardia, la realidad, (en este caso la tanzana) da un paso al frente y te baja a tierra. Te exige de nuevo planteamientos, reflexiones o sentimientos que creías superados. Ves a ese pequeñajo tan “apretujable”, empiojado y descuidado, miserablemente pobre. Va con la pandilla; abandonaron el gateo antes de ayer, y tambalean su recién estrenada bipedestación con un descaro naturalísimo. Ningún adulto les controla, están en su salsa, campan por el barrio o por la aldea sin problemas. Tan tierno es y tan inocente que, tirando de una cuerda o un alambre, arrastra por el polvo, una piedra o un trozo de rama, su más preciado juguete. Quizás pensamos que tiene poco a su alcance para estimular su imaginación, que quizás esté en desventaja con los que tienen más juguetes, pero también confirmamos lo que su expresión facial y corporal nos muestra: que nada le falta, nada necesita, está en plenitud. ¿Es injusto y cruel que no pueda arrastrar un reluciente camión de bomberos? (en su imaginación quizás lo haya), ¿o lo que realmente es una crueldad es enjaular a nuestras pequeñas en recintos de plásticos hipercoloreados sin un gramo de suciedad? Otro ejemplo que mantiene ocupadas nuestras mentes y da para un buen rato de conversación; la siguiente escena nos pilla pedaleando por las intrincadas montañas del interior del país: por aquí hay poco de todo, economía de subsistencia y poco más. No hay huellas del turismo, los muzungus (blancos) no pisan mucho por aquí. Lo más habitual es que cada vez que paramos en alguna aldea en busca de bananas o algo de arroz, un puñado de pequeños/as escapa, en una carrera sin control, con grito desgarrador y ojos desencajados por el pavor, de la aterradora visión de esos dos seres pintados de blanco. Al principio creíamos que era por mi barba crecida en combinación con los ojos diabólicos de color claro, pero no, al ver a Isa, también corren despavoridos a más no poder. ¿Será la consecuencia de las historias de horror sobre blancos que les cuentan sus padres, que a su vez les contaron sus padres y así desde los oscuros tiempos? Algunos/as entran en llanto histérico, pero claro, ni se nos ocurre ir al consuelo.

Pues bien, a la salida de una de estos minúsculos grupos de chozas, vemos a tres críos de unos 7-8 años con un artefacto extraño junto a la carretera, nos acercamos. Algo debemos hacer mal, quizás estamos demasiado cerca, porque salen a la carrera y abandonan en la huida lo que tenían entre manos. Nos acercamos más y no podemos creer lo que vemos. Tiene ruedas, es todo de madera, incluso las ruedas; es un híbrido entre bicicleta y patinete del pleistoceno. Como si acabara de sacarlo de un capítulo de los Picapiedra, uno de los chavales vuelve a rescatarlo de donde lo había abandonado. Al primer intento de sacar la cámara de fotos vuelve a salir corriendo como si acabara de descubrir entre los pliegues de mi piel el orificio metálico que me conecta al surtidor de alimento de la nave nodriza que nos espera, flotando ingrávida, detrás de la montaña cercana. Por fin nos entendemos, le hago comprender que no soy hostil y rebaja sus precauciones; finalmente se deja hacer una foto, sólo él y su maravillosa montura como protagonistas. Después del “click” le muestro los resultados y por fin desatasca la sonrisa. Un rato después, pedaleando a cámara lenta por una cuesta inhumana, nos alejamos del lugar. Miramos atrás y los tres chiquillos nos siguen entre curiosos y temerosos a una distancia prudencial. Sólo una cuesta abajo de vértigo nos saco de aquel viaje en el tiempo. ¿Son estas personitas más o menos sensibles a las sorpresas de la vida debido a una menor estimulación comparado con sus iguales occidentales? ¿sería una calamidad, o por el contrario una obligación pensar en sacar a estos niños de aquí? Seguimos haciéndonos muchas más preguntas (obteniendo muchas menos respuestas) mientras seguimos pedaleando por esa montaña rusa que es la zona suroeste de Tanzania.

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HÉROES SIN CAPA

En los 2000 km que pedaleamos por Tanzania nos alegró ver mucha gente en bici. No pasa tanto como entre moteros, pero si que se genera una afinidad no escrita y comadreo entre los que

hacemos fuerza (más allá de menear la muñeca) en nuestras máquinas para poder desplazarnos. Como en Burkina Faso, las bicis se utilizan para trabajar. Nos cruzamos con esforzados jóvenes que desgastan su juventud trabajando alegremente de aguadores, cargando las bicis con varios bidones de agua que reparten entre la aldeas (las mujeres lo hacen a pie, siempre). Suben rampas aterradoras y campechanamente comentan la jugada, todo por un miserable sueldito. Y ¿sabéis lo mejor? que al final de la jornada, no tienen medalla, ni maillot de la montaña, ni masajista, ni azafatas que les besen para la foto. ¡Así es la vida!

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Vemos también en bici a muchos críos que transportan madera u otras mercancías, las niñas lo hacen a pie. Tanto los unos como las otras son los/as auténticos/as superhéroes sin capa.

Atravesamos Tanzania subiendo y bajando colinas.

TORTILLA DE PATATAS Y TORNILLOS

En algunos tramos, sobre todo muy al Sur, encontramos muy pocas aldeas y mal surtidas de alimentos; nos costaba alimentarnos como queríamos. Pero afortunadamente no fue lo habitual; si lo era encontrar arroz, alubias, plátanos, tomates, aguacates, chapatis (especie de crepe de origen indio), maíz etc. Pero la mejor sorpresa, la tuvimos al comprobar que el plato nacional (exceptuando las carnes a la brasa y el pescado seco que las vegetarianas no catamos) era la tortilla de patatas, que en Swahili se llama “chips mayai”. En los puestos callejeros o restaurantes la receta es siempre la misma. A las patatas fritas, más cocidas que crujientes, les añaden huevo batido, (a veces hasta cebolla y alguna verdura más) y a la sartén. Después le dan la vuelta, la pruebas, cierras los ojos, y ahí que disfrutas un viaje en el espacio-tiempo ahorrándote cabo cañaveral y el traje de astronauta, de vuelta a España gracias a las papilas gustativas.

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No todo eran alegrías culinarias. Un mediodía, después de un buen tute sobre la bici, paramos a comer en el primer puesto que vimos en toda la jornada; muertos de hambre y sed, pedimos un arroz con alubias (no había otra cosa). Desde hacía tiempo veníamos tomando precauciones con los dientes, pues el tamizado del arroz no es demasiado esmerado y a veces el chasquido de las muelas al masticar una piedra era señal tardía de una mordida indeseable. Teníamos que masticar con prudencia, precisamente no abundaban por la zona los/as dentistas. Pero pasó que ese tornillo no lo vi venir y lo mastique con ganas, a partir de entonces un empaste me falla pero la cosa no fue a mayores. Lo mejor fue la cara de la cocinera al mostrárselo, indiferencia total y media sonrisa, lo sacó de la mesa como la cosa más normal del mundo y, ¡ala! A seguir con el menú.

DIENTES DE TIBURÓN (rodillas de titanio).

En Kenia habíamos experimentado con sufrimiento mover nuestras bici-tractores por las empinadas colinas. Nos quejamos, pero al atravesar el interior tanzano nos dimos cuenta de que sólo había sido un aperitivo. Durante aproximadamente 10 días y 450 km, entre Iringa y Songea pedaleamos sin conocer el concepto “plano”. Por increíble que pueda parecer en este periodo de tiempo no pedaleamos ni 100 m de planicie. Los presupuestos para carreteras no dan para desmontes, terraplenes, viaductos o túneles, con lo que único que cabe es habilitar el camino ajustándose a la orografía. Si hay una colina con un 15%, la subes y punto (luego la bajas claro). El perfil, era feroz, como dientes de tiburón. Calculamos que subíamos unas 15 rampas al día de entre 500 y 900 m. Esfuerzo máximo, sin poder reservar nada; para poder subir a 3-4 km/h debíamos hacer crujir rodillas y tendones, haciendo zig-zags de lado a lado de la carretera conseguíamos no poner el pie en el suelo. Esto no era por orgullo ciclista sino que sabíamos que empujando la bici caminando no conseguiríamos llegar arriba.

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Si subir una rampa de estas nos costaba de media 15/20 min, bajarla eran 40 segundos… y otra vez arriba. No había descanso. Calculamos que el 90% de la jornada la dedicábamos a subir al máximo y que fueron más de 150/200km de subida salvaje. Nunca antes habíamos salvado semejante desnivel con tanto peso; lo más gracioso es que nunca ganamos altura. Además de que también llovía todos los días (todo un alivio pues así el sol dejaba de golpearnos), nos encontramos con un asfalto engañoso. La carretera era de nueva construcción pero el firme era peor que una pista.

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La gruesa grava frenaba nuestra inercia y absorbía nuestras energías ya mermadas. Pero ante todo audacia; la linea continua blanca que separaba los dos carriles estaba recién pintada y era gruesa, con lo que nos permitía, al intentar hacer equilibrio sobre ella, ir algo más sueltos en la rodada. Eso si, acertamos en una cosa, no nos encontramos tráfico; si hablo de dos camiones al día y cuatro motos, no exagero.

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Ahora sí que no hay más que reconocer una cosa, y es que para ser el primer viaje en bici de más de 5 días que hace Isa, podemos decir que se ha titulado con honores, con la mejor nota. Tiene los galones, los laureles y mis respetos para siempre. Mi compañera de vida y de viaje ha dado la talla con matrícula de honor; me quito el sombrero y la felicito sinceramente.

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DISTANTES

Notamos desde el principio que las/os tanzanas/os, invadían menos nuestro espacio personal en lineas generales. Sólo por eso ya nos sentíamos más tranquilas, menos tensas, digamos, menos avasalladas. No era como pasar desapercibidas pero casi, era una sorpresa y una muy buena noticia. Al principio, en el norte, pensamos que esto se debía a que la zona es más turística y por tanto los/as locales están más acostumbrados a la presencia de los “muzungus” (blancos). Más adelante, ya en el interior y alejados de los grandes parques y correspondientes safaris, esta linea de pasotismo nos llamaba la atención, no era lo que habitualmente veníamos recibiendo en el continente; notamos que se acentuaba, incluso algunas personas se mostraban ásperas y no parecían mostrar ningún interés en nosotras. Lo achacamos a la timidez, también al sentimiento de inferioridad (se sigue teniendo miedo al blanco, a ese ser tan maligno que se llevó a los antepasados a un infierno tan atroz) tan arraigado en las zonas rurales. Además de la lengua propia de cada región, en Tanzania la lengua oficial es el swahili, y en estas zonas no hay ni rastro de ninguna otra lengua colonial, con lo que pensamos que era la dificultad en la comunicación lo que les llevaba a esta actitud distante. La ocupación colonial aquí fue especialmente sangrienta y devastadora y, como es natural, cuando ven a un blanco no lo celebran precisamente. No es servilismo lo que notamos, más bien miedo cerval arraigado en los genes. Hicimos toda serie de cábalas pero nunca nos satisfizo ninguna teoría nuestra. Acudiremos a los libros.

EXTRATERRESTRES

Pero ocurrió que eso cambió. En la última parte, ya cerca de la frontera con Mozambique, cuando más cansadas y famélicas estábamos entramos en una zona en la que nunca habían visto extraterrestres. Intentaré explicar cómo nos sentimos. Fueron unos 200 km aproximadamente en que la gente gritaba histérica cuando nos veían entrar a su aldea, nos seguían corriendo, dejaban cualquier cosa que estuvieran haciendo (o no haciendo), reían a carcajadas mientras nos señalaban y nos interpelaban. Si teníamos que parar a conseguir comida o agua, era peor, se arremolinaban cientos de personas a una distancia mínima para no perder detalle de como comíamos unas galletas (????). Una sensación muy incómoda y muy difícil de explicar. En el único lugar que estábamos tranquilas era sobre la bici pedaleando. Pero no podíamos estar así todo el día, había que parar a descansar pero no encontrábamos donde echarnos un rato tranquilas a la sombra de un árbol. El bosque era espeso y difícil de hacerse un hueco, además del temor a serpientes y moscas; nuestra única opción para comer algo y reposarlo eran las aldeas. Pero nada, no había manera de estar sólos más de unos segundos antes de que los primeros críos/as dieran la voz de alarma. Imaginad por un momento que por delante de vuestra casa anunciaran a bombo y platillo la llegada de una comitiva única que anuncia la maravilla de la naturaleza jamás vista anteriormente; suenan las fanfarrias, confeti por kilos se arroja desde las azoteas. Una especie de papamóvil con una enorme urna de cristal blindado muestra sin pudor las formas del primer visitante extraterrestre capturado vivo; aterrada, la trémula criatura se cubre con sus tentáculos pero no hay nada que hacer, es víctima de la chanza, del escarnio público. La gente, impúdica, se abalanza sobre el vehículo, quieren verlo de cerca y si es posible tocar. Más o menos así nos sentíamos, un poco como monos de feria; una noche, incluso una encantadora familia que nos cedió su habitación y su cama para dormir, avisó a todo el vecindario para que fueran pasando a intervalos de unos 15 minutos para que vieran lo que tenían en casa. No cabían en sí de gozo, estaban encantadas de tenernos allí, pero nunca se preguntaron ni se preguntarán si eso les importaba algo a sus exhaustas invitadas.

Pero no sabían que teníamos un arma secreta; cuando estábamos hartas de tanto acoso simplemente tenía que fruncir el ceño, quitarme las gafas de sol, mirar fijamente a un grupo y apoyar la mirada furibunda con mi brazo estirado y el dedo índice amenazador. Sólo con este gesto el grupo salía despavorido a la carrera. ¡Ja Ja Ja!

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PROYECCIONES
En Tanzania pusimos el modo bicicleta, teníamos mucho que recorrer, y de nuevo, la temporada de lluvias se cruzaba en nuestro camino. Estos dos factores, junto con la dificultad en la comunicación hicieron que la media de proyecciones bajara bastante. Intentar llegar a un pueblo sin locales cubiertos y hacer una proyección cuando había serio riesgo de tormenta era una locura, no podíamos hacer eso, poner la miel en los labios para luego retirarnos. Tampoco teníamos muchos contactos y la ruta elegida no favorecía esto. Por esta zona apenas había ONGs o asociaciones que pudieran apoyarnos. Aunque en algún momento lo conseguimos, dar con la persona adecuada, que hablara inglés y entendiera el proyecto, no fue fácil. Lo intentamos en un par de ocasiones a través de monjas o curas católicas pero obtuvimos negativas; el argumento era que la gente no estaba interesada y que por eso no iban a organizar nada. Eso no se lo creían ni ellas/os ¿mentir es pecado, no? Serían los primeros pueblos a los que no les interesaría una proyección de cine gratuita. Aprovecho para añadir, que precisamente los curas, monjas y demás ejercito de esta religión son los/as que mejor suelen vivir en los pueblos misérrimos en los que “trabajan”, con servidumbre, residencias con todas las comodidades y todoterrenos. Desde mi punto de vista, evangelizar es su objetivo número uno. Eso sí, nos recibieron con los brazos abiertos e hicimos proyecciones en esas otras iglesias locales que son pobres de verdad y que sirven para hacer comunidad. Nada de trabas y mucha hospitalidad y bienvenida. ¡Qué gusto madre! Así fue con esta familia.

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PAISAJES
Desde que entramos hasta que nos despedimos de Tanzania, la belleza de su paisaje no nos ha dado tregua; desde el más sutil de los detalles, hasta lo más grandioso, en dimensiones y en colorido. Cierto que la temporada de lluvias ayuda a que esté todo verde, pero no ha sido sólo eso. Las montañas lo han inundado todo, montañas extrañas y extraviadas, macizos de roca inmensos y en compañía de otras no menos imponentes. Selvas atravesando el valle del Riff, ríos desbocados y grupos de colinas sin fin. No sabremos nunca si nos hemos ganado su respeto pero definitivamente lo hemos intentado. Nunca olvidaremos este país tan magnífico, ni por sus estampas, ni por sus gentes.

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Aún me sonrío cuando rescato de la memoria (la foto ayuda) a aquel grupo de campesinas que se marcaron un baile en un descanso de la labor en el campo al vernos pasar. Se animaron aún más cuando pedí permiso para fotografiarlas; fue entonces cuando se volvieron locas y una de ellas me enseñó el trasero mientras lo zarandeaba al ritmo que ponían sus compañeras. No podíamos más de la risa todas las presentes. No sé si esto define el carácter tanzano (seguro que no) pero yo me quedo con esa escena.

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Salimos de Tanzania subiendo y bajando colinas.
K

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2 comments

  1. El cinematógrafo se basa en el fenómeno de la persistencia retiniana. Cuánta retina por la terra incognita, subiendo y bajando colinas como quien se mece con el viento, dibujando líneas curvas ascendentes y descendentes con las bicis, las voces del cine y la densidad de la luz nocturna que proyecta sueños. Nadie os olvidará.

    Good Luck.

    Bye.

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