Crónicas Cinecicléticas

CRÓNICAS CINECICLÉTICAS IX

.:: GUINEA BISSAU; EL PAÍS CLOROFÍLICO ::.

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Todas las personas que me han dado la impresión de haber integrado y aceptado los conceptos básicos de la vida, han coincidido en que dejar de tener expectativas a corto o largo plazo es siempre motivo de mantener un equilibrio preciso para no llevarte decepciones en el devenir vital. Este concepto tan fácil de citar, pero al tiempo, tan difícil de llevar a la práctica (sobre todo en mentes programadas para todo lo contrario como las nuestras) es el que intentamos aplicar en nuestro viaje; a veces no resulta, pues son demasiados años de práctica contraria, pero a veces sí y eso es lo que ocurrió con nuestro recorrido de un mes por Guinea Bissau. No esperábamos casi nada, pues casi nada sabíamos de él y nos encontramos con su realidad tal y como nos tocó vivirla en ese corto periodo de tiempo que nos permitía la visa de turista que previamente gestionamos en Ziguinchor (Senegal). (más…)

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CRÓNICAS CINECICLÉTICAS VIII

.:: LA CASAMANCE ::.

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Debido a que la frontera entre Senegal y Gambia estaba cerrada y prefieriendo evitar dar un rodeo a Gambia de 800 km por Tambacounda, además de que las temperaturas en esta época del año rondan los 50ºC, finalmente cogimos un barco desde Dakar a Ziguinchor, para llegar a la región de la Casamance. No sin antes esperar un par de semanas en Dakar, ya que el barco estaba completo. De los tres que hay habitualmente, 2 de ellos estaban averiados y el avión que vuela de Dakar a Ziguinchor había dejado de volar, con lo cual, había overbooking en el único transporte que quedaba para llegar a esta región.

Anexionada a Senegal por un acuerdo entre Francia y Portugal, la región de Casamance nunca se ha sentido parte de Senegal. Y ello ha conllevado al conflicto de carácter independentista que aún existe en esta región. (más…)

ANEXOS: Crónica Cineciclética VI (K)

Nouakchott: Ciudad de arena y coches de choque.

Mauritania es sin duda un país único donde los haya. A caballo entre dos mundos, entre dos áfricas, a medio camino entre el Magreb y el África negra, con un paisaje desértico -para lo bueno y para lo malo- en la casi totalidad de su territorio, con un paso muy reciente de la vida nómada y libre de las Jaimas al asentamiento urbano, con una flagrante diferencia social, jerárquica, laboral y de derechos entre sus etnias pobladoras y aún con una habitual permanencia de prácticas que no podemos imaginar en nuestra bisoña forma de pensar occidental, como la explotación infantil doméstica, el esclavismo, el racismo sin ambages, el engorde de mujeres etc. Sin embargo no deja de fascinarnos precisamente por la belleza única de su paisaje, por la diversidad de etnias que lo habitan, por el respeto a los visitantes, por la paciencia sin límites de las corruptelas de sus gobernantes… Por esto y por mucho más, su capital Nouakchott no te deja indiferente; como la mayoría de las ciudades del país, las calles principales, carreteras y muchas edificaciones están levantadas con conchas marinas (alternativa barata al cemento y con reservas de sobra por todo el desierto circundante); y las que no son las principales, son todas de arena.

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CRÓNICAS CINECICLÉTICAS VI

:MAURITANIA::

Llegamos a Mauritania con jet lag. Tanto tiempo a velocidad de pedal, que de repente cambiar de cultura (idioma, forma de vestir, gastronomía, arquitectura…) en un solo día haciendo 250 km a velocidad Mercedes nos resultó, cuanto menos, desconcertante.

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Pasamos 4 o 5 días en Noadhibou, primero en compañía de Chekh, nuestro teletransportador y de su amigo Daha, que nos ofreció su casa sin reparos la primera noche. Luego en casa de Javi, el vicecónsul, que nos trató como hijos pródigos, mimados y agasajados con su hospitalidad (para nuestro gozo, incluso tenía queso manchego y horchata) y la de Maika, una tortuga tan grande que parecía Morla de la Historia Interminable. Tuvimos tiempo de presentar nuestro proyecto en la Alliance Franco-Mauritaniene y de hacer una excursión a Cabo Blanco y ver una foca monje, de las pocas que quedan ya.

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Era jueves y nuestros amigos Ana y Moussa, que viven en Nouakchott, nos invitaron a pasar el finde acampando en las grandes dunas. Así que lamentando no poder pedalear hasta Nouakchott, ya que no daba tiempo a llegar, pero con expectativas del gran finde, montamos los trastos en un taxi-brousse, con la correspondiente pelea para colocarlo bien y con cuidado en la baca, y nos plantamos el viernes en Nouakchott.

Ese finde fue un completo regalo para nosotros. Plantando la jaima a orillas del mar, con dunas color salmón en contraste con la arena de un color más pardo, con bebidas frescas y ganas de disfrutar con las niñas; así pasamos el finde. Bañándonos en agua helada, volando cometas (cerf-volant, me encanta el nombre), jugando al escondite por la noche entre las dunas, haciendo una gran hoguera, viendo volar pelícanos… Y acompañados por Ana y Moussa y sus tres encantadoras hijas Salma, Nila y la intrépida Indira. Por Mohammed y su padre Mustapha. Y por Enrique (que luego se convertiría en nuestro jefe por una semana) y su mujer Sandra y sus hijas Chloé y Laia.

Hacía tiempo que no nos encontrábamos con españoles y primero con Javi y luego con nuestros amigos, dimos rienda suelta a ese castellano, que aparte de entre nosotros, no podíamos compartir con nadie más desde Tetuán. Surgieron batallitas, preguntas, dudas… Está claro que nuestro francés va mejorando a la fuerza, pero poder hablar distendidamente, sin necesidad de hacer un gran esfuerzo, fue un gran placer. Yo, que me considero bastante reservada, estaba disfrutando contando nuestras aventuras y preguntando curiosidades sobre la vida en Mauritania.

Una vez asumida la velocidad crucero de un vehículo a motor, disfrutamos enormemente de nuestro viaje por la playa, que había que programar según las mareas. Este trayecto era la antigua ruta Noadhibou-Nouakchott antes de que se construyera la carretera, hace escasos 8 años. Yo asomada como una niña a la ventanilla, a la izquierda el agua del mar a escasos 3 metros, a la derecha dunas naranjas y enfrente millones de pájaros que levantaban el vuelo a nuestro paso.

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Después del finde de relax nos pusimos manos a la obra con las proyecciones. Gracias a Isabel Fiadeiro, una portuguesa afincada en Nouakchott que nos hizo de apoderada, hicimos un montón de proyecciones: escuelas, centros culturales, asociaciones… sus redes llegaron hasta Ouadane, Chinguetti y Atar.

Y entonces llegó la esperada visita de nuestra amiga Cris desde Madrid, cuánto nos hacía falta (Gracias Cris, qué bien nos viniste a los dos), que nos acompañó durante una semana por la capital mauritana y el siguiente finde al Banc d’Arguin. Nos trajo todo tipo de encargos y porque somos vegetarianos que si no hubiera caído el típico jamón.

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Junto a Cris, Ana, Moussa y las niñas nos fuimos al Banc d’Arguin el finde, un parque nacional al noroeste del país. Allí hicimos una excursión en velero con vela protuguesa, vimos flamencos, pelícanos, espátulas… incluso delfines. Las niñas pescaron desde la barca y jugaron a balancearse con el cabo del mástil. Una imagen realmente idílica.

Por la noche, en el mismo pueblo de Iwik, donde habitan los Imraguen, una tribu pescadora, hicimos una de esas proyecciones con las que habíamos soñado desde Madrid. Bajo las estrellas, sentados en la arena, sin luz eléctrica y con unas risas que cortaban el silencio de la noche. Fue una noche inolvidable. Es una de esas imágenes que se te quedan impresas en la memoria. Esa, y la de la noche siguiente, donde pudimos disfrutar de un mar fosforito a causa del plancton. Estuvimos venga el chapoteo para hacerlo brillar.

Después de otra semana en Nouakchott con la agenda llena de proyecciones, cogimos el cine y nos fuimos a Ouadane, Chinguetti y Atar. Sólo esos 8 o 9 días merecerían una crónica entera. Ruta en pick-up por el desierto, paisaje lunar, té en mitad de ningún sitio, tormentas de arena, proyecciones en oasis y un paisaje espectacular.

En Ouadane, hospedados por la gran Zaida, una haratin con un corazón enorme, que intentó por todos los medios que hiciésemos una sesión de cine en el pueblo, pero las autoridades no parecían tener muchas ganas de aglomeraciones y cine y de que la gente viera cosas de occidente que no interesan (cuando es sorprendente, aunque no haya luz eléctrica la cantidad de parabólicas que hay en las casas). Finalmente fue en su albergue donde pudimos hacer la sesión.

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En Chinguetti, Sylvette también contribuyó con nuestro proyecto albergándonos y dándonos de comer en su precioso albergue Lagueila, además hubo cine en un albergue de caravanas donde podías imaginarte las antigüas caravanas de camellos reposando en sus grandes patios. A escasos kilometros de Chinguetti se encuentra el oasis Kem Kem, una maravilla para los sentidos, donde los jóvenes nunca habían visto cine, así que no reparamos en volver con nuestro humilde proyector a pedales a hacerles pasar un rato divertido. Qué difícil es a veces captar ante la cámara esas caras de asombro, nos quedaremos con ellas en la memoria, ya que con la escasa luz del proyector es difícil tomar alguna foto o grabar algunas escenas tan mágicas.

Quizás porque no nos lo esperábamos y no nos había hablado de él, nos sorprendió bastante Azougui, un oasis cerca de Atar, con montañas negras comidas casi completamente por las dunas y un seco lecho del río con charcos de sal pétrea e infinidad de colores y sin luz eléctrica. Allí también hicimos una de esas proyecciones soñadas, con luna llena, sobre una casa de adobe y lleno total.

 De vuelta a Nouakchott, vino nuestra colaboración con Terre des Hommes, encabezada por Enrique, que nos permitió hacer proyecciones en los barrios más pobres de la capital para niños víctimas de violencia, niños explotados y mujeres con problemas. Fue una semana muy especial, cargada de emociones.

Era tremendo ver como los niños ni se inmutaban con una peli de dibujos, no torcían el gesto, no se reían, caras de madera. Hasta que Carmelo, una vez más, con su “don de niños” se ponía a bailar, aplaudir y de repente el ambiente se relajaba, dejaban de lado el miedo y la quietud y todo se convertía en risas, aplausos y bailes. A partir de ahí, la proyección funcionaba.

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Siempre dijimos, desde un principio, que nosotros no pedaleamos en las proyecciones, que es el público el que pedalea. Pero en estas proyecciones, bien sea porque eran muy pequeños o por falta de coordinación a la hora de pedalear (se estilan poco las bicis en una ciudad de arena), nos tocó sudar la camiseta en salas sin ventilación, con todo cerrado (para conseguir oscuridad) y con un aforo que rebasaría cualquier normativa occidental. Al menos nos movíamos un poco, ya que las bicis llevaban bastantes semanas aparcadas.

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Despedida de nuestra familia mauritana

Y otra vez con los nervios en el estómago por la incertidumbre, salimos hacia Rosso, con la intención de proyectar allí también para Terre des Hommes y la asociación de Aminetu Mint Moctar (AFCF) y de coger la ruta nada lógica para cruzar a Senegal, ir paralelo al río hasta Kaedi y allí cruzar a Senegal.

Una vez en Rosso y bien acogidos por Mariem y nuestra traductora particular de películas Mam, vino el problema con las bicis. De repente mi bici y un poco la de Carmelo empezaron a hacer un ruido de carraca que ni los niños en Navidad. Después de consultar a nuestros expertos en España y hacer todas las cosas lógicas que se nos pasaron por a cabeza, llegamos a la conclusión que teníamos que cambiar toda la transmisión. Pero lejos con dar con la solución, la avería aparece y desaparece como el Guadiana. (Seguimos sin dar con elo)

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El trayecto pegados al río Senegal fue un disfrute para nuestros sentidos, acostumbrados al paisaje desértico desde hacía unos meses, de repente se abría un auténtico vergel: campos de arroz, hermosas huertas de un verde resplandeciente, grandes árboles, los primeros pájaros de colores nos avisaban que nos estábamos adentrando en el África subsahariana. Aunque a veces volvía el paisaje desértico y con él sus dromedarios correspondientes. Lo peor fue el calor, en Abril empieza el calor fuerte aquí y si cuando en España dicen ola de calor del Sáhara, imaginaros qué sientes si estás directamente en el epicentro del mal. Ésto y alguna comida en mal estado nos dejó KO tres días en Kaedi.

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Río Senegal

En el trayecto Rosso-Kaedi, pudimos volver a certificar la buena hospitalidad de sus gentes, los poulard, pudimos volver a hacer proyecciones improvisadas, iba a decir pudimos bañarnos en el río, pero pocas fueron las veces, sino una, porque al parecer las supersticiones de los lugareños indican que al río no le gustan los extranjeros y a veces, no nos apetecía saltarnos a la torera las recomendaciones de nuestros anfitriones.

En uno de estos pueblos, M’Bagne, nos acogió en su casa el responsable de la juventud, Diop y su familia. Qué lugar más idílico, el patio de arena estaba encabezado por dos grandes árboles por donde subían y bajaban danzarines lagartos de cabeza amarilla, y bajo su sombra podías refrescarte con agua de sus botijos particulares, grandes cántaros de barro. Allí organizaron una soirée musical donde invitaron a Carmelo como percusionista, fue como una fiesta gitana hasta las tantas de la madrugada, cantando y tocando sin parar, las niñas imbuídas en la música bailaban como poseídas. Sólo acabaron cuando se dieron cuenta que estábamos muertos de cansancio, nos pidieron disculpas por las horas y se fueron un metro más allá a seguir la juerga, ya que el centro de la fiesta era el sitio donde dormíamos en el patio.

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Y por último llegó Kaedi y ya caímos exhaustos, después de los días tan calurosos donde solo se podía pedalear medianamente agusto hasta las 11 de la mañana, de las noches mal dormidas y el cansancio acumulado, caímos enfermos. Menos mal que en Kaedi encontramos a Ander, nuestro ángel de la guarda, que nos mimó y nos cuidó. Gracias Ander.

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Y de aquí, ahora sí, cruzamos a Senegal.

Isa

CRÓNICAS CINECICLÉTICAS V

“TRAVESÍA INACABADA” (Sáhara)

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¡Hola de nuevo!

Desde la última crónica han sucedido tantas cosas, hemos conocido tanta gente, hemos hecho tantas proyecciones, disfrutado tantos paisajes distintos, tantas curvas y rectas que cuesta un poco tener claro por donde empezar, a quién agradecer sin olvidar a nadie, qué anécdota subrayar por encima de otra. Tanto es así, que durante los últimos días he fracasado en mi intento por escribir esta crónica. No quiero dejarme nada sin contar y sí intentar transmitir lo vivido, sentido y olido a lo largo de este último mes y medio; sé que es imposible a no ser que tuviera varias vidas (soy tan lento escribiendo como lo soy trasladando el tractor-bicicleta) , o que ahogara mi pereza en arena, pero aún así intentaré hacer un resumen lo más justo posible. Pido excusas por adelantado por las ausencias involuntarias.

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La esperada y “mítica” travesía del desierto comenzó en Agadir, después de pasar unos días residiendo y proyectando en un orfanato gestionado por la ONG “SOS Village d’enfants”; fue entonces cuando se unió a la caravana cineciclética la sin par Adine. Esta encantadora persona que conocimos en Marrakech, trabaja en el Institute Française como coordinadora cultural y después de un par de encuentros con ella enseguida conectamos bien, hasta tal punto que muy pronto nos preguntó si nos importaría que nos acompañase unos días con su bici aprovechando sus vacaciones navideñas. Ni nos miramos para decirle que sí y acertamos de pleno, nuestra intuición no nos falló y pasamos 5 días deliciosos en su compañía hasta Sidi Ifni. El asunto no podía empezar mejor. Pasamos el fin de año con ella, y aunque parezca mentira su compañía nos ayudó a sobrellevar las fechas claves navideñas lejos de amigas/os y familia; nada más tomar el bus de regreso desde Sidi Ifni a Marrakech ya la echábamos de menos y alguna lágrima rodó en la despedida.

Ya desde Tánger se interesaron por nuestro proyecto y forma de viajar algunas asociaciones ciclistas marroquíes, especialmente la Federación Ciclista del Sáhara. Este interés deportivo nos vino muy bien en los distintos puntos de la ruta sahariana para conseguir siempre de forma gratuita un lugar para descansar y el correspondiente avituallamiento; a cambio siempre ofrecíamos nuestra disposición a proyectar gratis y así fue como hicimos proyecciones en varios colegios públicos en Sidi Ifni (gracias a la mediación de Mulai Youssef), y en Guelmin (gracias a Omar y a Ben Mousa). Fue realmente Mohamed (presidente, entre otras asociaciones de la Federación Ciclista saharaui) quien, moviendo los hilos desde El-Aaiún, a muchos kilómetros al Sur, consiguió que nuestro camino fuese más cómodo. Sin conocernos personalmente se volcó con nosotros y cada vez que llegábamos a una población importante, contactaba con alguien y mediaba para que nos tratasen bien: “El Sáhara es como vuestra casa” repetía una y otra vez en nuestros contactos telefónicos. Me moría de ganas por ponerle cara a este personaje, pero no sería posible hasta llegar a la capital del Sáhara Occidental.

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A partir de Guelmin toda nuestra atención estaba en la carretera, sobre todo en las previsiones del viento, protagonista número uno de este periodo. Nos concentramos por entero en las bicis, en el buen estado de las piernas y de la fortaleza anímica. Al principio el viento sencillamente no estaba tan presente. Durante la jornada, cuando no nos echaba un cable por la mañana soplando de cola, cambiaba caprichosamente a la tarde bufándonos en los morros, pero nunca como para fustigar a Eolo con improperios o adorarlo como lo que era, un dios de la naturaleza al fin y al cabo.

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Llegó un día (fueron 3 seguidos) en que decidió empujarnos con decisión, y claro, aprovechamos; hubo jornadas que terminamos con 150 km en el contador y creímos que las historias que se contaban sobre la dificultad de atravesar esta tremenda franja desértica eran exageradas. Estábamos de subidón ¡¡Error!! El poco sutil dios del viento nos escuchó y decidió pasar un buen rato a nuestra costa. Restaban tan sólo 250 km para llegar a la frontera con Mauritania y todo se precipitó. Particularmente me gustaría proseguir cantando las alabanzas de nuestro triunfo sobre los elementos, de nuestra capacidad de lucha y sacrificio para superar tan enormísimo escollo, pero nada de eso, no pudo ser; simplemente un día el viento se giró y nos tocó sucumbir; las rachas eran terribles y cada kilómetro era un verdadero calvario.

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Con el doble de esfuerzo, sólo avanzábamos 30 km por día, a esto había que añadir que con esa fuerza el viento no nos dejaba acampar en cualquier lado y debíamos buscar refugio en los pocos parapetos que el desierto nos ofrecía: los muros que protegían las antenas de telefonía se convirtieron en una visión reveladora en medio de ese erial, cuando encontrábamos una antena aprovechábamos para comer algo o poner la tienda sin miedo a que volásemos con ella.

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Todo nos invitaba a esperar un momento más propicio para atacar el último tramo del Sáhara Occidental, pero esta vez era el ser humano y sus restricciones quien nos ponía límites; la visa expiraba y no podíamos esperar a que Eolo cambiara el juego o decidiera hacerlo con otras. Apuramos un día más esperando en una playa a que amainara o cambiara el rumbo del viento, pero nada de eso ocurrió, además de la mala noche pasada durmiendo en un antiguo torreón de vigilancia sin poder estirar las piernas y muy visitados por los bichos,  hizo que tomáramos la decisión que no queríamos: hacer auto-stop; sin olvidarnos de las prisas con el asunto de la visa. En uno de los controles de la ruta, los gendarmes vieron aquí la ocasión pintiparada para sacarse del medio a los dos españoles molestos que venían dando problemas con su maldito cine (que confundían con equipo de filmación) desde hacía tantos kilómetros al norte. Pararon el primer coche que pasaba y obligaron a sus dos ocupantes a llevarnos hasta la frontera; como eran saharauis se lo impusieron con una orden. Su trato vejatorio también incluía que el viaje debía ser gratis (ya nos ocupamos cuando llegamos a Nouadibou de que esto no fuera así). Subimos las bicis y los trastos al viejo Mercedes y disfrutamos de la mejor compañía posible; Zidan y Chekh nos invitaron a una barbacoa en medio de la nada, bajo unos arbustos. Reímos burlándonos de los gendarmes, gritamos ¡Sáhara Libre! Y tanta camaradería nos llevó a casa de un amigo de Chekh (gracias Daha) a pasar nuestra primera noche en Mauritania.

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Gran parte de este territorio está ocupado desde hace 40 años por Marruecos y últimamente las cosas están más moviditas, la presencia militar es constante, los controles incesantes, y siempre las mismas malas caras y mismas preguntas y acoso: ¿profesión? ¿nacionalidad? etc. Era tanto el control, que en El-Aaiún, incluso respaldados por nuestro amigo Mohamed, invitados al mejor hotel de la ciudad, estuvimos 4 días intentando obtener los permisos para hacer una proyección y finalmente no lo conseguimos; fue el único lugar donde nos hospedaron y no proyectamos. Aún así ¡Gracias Mohamed por intentarlo!.

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Siendo españoles y al ir por libre el seguimiento era constante, a veces hasta ridículo, como el día que un militar decidió seguirnos toda una tarde con su coche. Este estúpido personaje, ya estuviera delante o detrás nuestra, era tan fácilmente localizable a simple vista en un espacio tan diáfano que pensábamos que estábamos en una historieta de Mortadelo y Filemón. La indignación pasó a descojone en su cara. Tan surrealista fue el asunto que al final de la jornada y con el único propósito de tenernos controlados (siempre por nuestra seguridad, ja ja ja), obligó al dueño de un hostal de carretera (de nuevo saharaui) a que nos invitara a pasar la noche. Era obligatorio, tanto para él como para nosotras.

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Continuará…

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CRÓNICAS CINECICLÉTICAS IV

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¡Hola a todas desde Agadir!

Antes de empezar con algunas impresiones y peripecias de nuestro primer mes y medio por tierras africanas (marroquíes) me gustaría apuntar algo; tanto Isa como yo, hace tiempo que libremente tomamos la decisión de hacer este viaje, con lo que si en algún momento da la sensación de ahora en adelante de que nos quejamos por la dureza o privaciones que nos acontecen, se debe simplemente a motivos narrativos, se trata de intentar haceros llegar lo más fiablemente posible algunos de los acontecimientos que nos suceden; nos hemos metido en este berenjenal por gusto, consideramos pues que quejarse no es demasiado coherente.

Vamos entonces al meollo. Con el mes de Noviembre arribamos a tierras africanas vía Tánger con la certeza inesperada de que el verano había terminado; en esa semana en España cambió la hora y al cruzar el estrecho además se manejaban con una hora menos; de repente teníamos dos horas menos de luz y además, en contraste con el sol gaditano, no paraba de llover, el otoño pasó de largo y el invierno nos plantó un par de bofetones que nos quedó claro que empezaba lo serio.

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Pero no estábamos en terreno desconocido del todo; Eloy, un donbenitense de pro que trabaja en un centro de acogida de niños de madres solteras (Centro Lerchundi) y donde íbamos a hacer la primera proyección africana nos recibió en el puerto con una sobriedad socarrona que nos conquistó a la primera. No sólo él, entre Mar y Mustafa (coordinadora y colaborador) desde luego nos hicieron menos traumático el paso que acabábamos de dar.

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El cambio está siendo muy progresivo pero a su vez es insistente e inapelable; las personas hablan otro idioma (aunque en Tánger muchas lo hacen en español por su antiguo pasado como protectorado español), comen condimentando muy diferente, de la religión ni os cuento, y luego los pequeños matices, los gestos, las muecas, el mirar, la forma de vestir, de discutir, de enfrentar una conversación; ya no hay más remedio que aceptar que somos visitantes y extraños al tiempo. Intentaremos aprender algunas palabras en Darilla (dialecto árabe que se habla en Marruecos) y las costumbres necesarias para meter la pata lo menos posible.

En un pueblito a 30 km de Tánger, llamado Hajr Nhal, proyectamos en la primera eco-escuela de Marruecos, por el empeño de su director, un cuasi jubilado llamado Marabeth.

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Cerca de Tetuán, en Martil más concretamente, Lerchundi se cruzó de nuevo en nuestro camino.(José Antonio Ramón Lerchundi Lerchundi, quien adoptó posteriormente el nombre religiosos de José María de San Antonio y fue principalmente conocido como José María Lerchundi o José Lerchundi (Orio, Guipúzcoa, 1836 – Tánger, 1896) fue un misionero franciscano, diplomático y arabista español. No me refiero a este fraile que tanto y tan bien hizo por esta parte de Marruecos, sino al centro cultural que lleva su nombre, que incrustado en una iglesia ahora desacralizada albergaba una bulliciosa biblioteca siempre animada por estudiantes y estudiosos de distintas nacionalidades y dinamizada por Paco, nuestro anfitrión, que trabaja a destajo para tener siempre un programa cultural que resulte atractivo a los/as inquietos/as de la localidad.

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Desde hacía semanas Paco se había puesto en contacto con nosotras y enseguida conectamos muy bien con él; nos organizó una proyección en la biblioteca y nos dio alojamiento en la misma iglesia-biblioteca, en la que antaño había sido la celda de algún fraile comprometido. Sin duda, ahora conociendo mejor la mayoría de los/as religiosos/as que llevan décadas dejándose la piel trabajando sobre el terreno en África, estoy empezando a no totalizar mis impresiones sobre la iglesia; aquí no viven en la abundancia, se mezclan con el pueblo para ayudar con todas las consecuencias y probablemente se “cohíban” mucho más en su trato con los/as niños/as que sus homónimos apoltronados. Proyectamos “Cést eux les chiens” de Hicham Lasri, un film marroquí y algo polémico en el país que por tratar sobre los años de plomo y también la primavera árabe, el debate del cineforum posterior fue bastante animado; afloró el tema de la censura y se hicieron comparaciones varias con Occidente. En Marruecos, los cuerpos se tensan y las pieles de los rostros mudan de color cuando tratas públicamente (y no precisamente cuando coincides con la versión oficial) estos temas: la religión, el rey y el Sáhara Occidental; los/las que me conocen podrán imaginar las heridas que tengo en la boca de tanto morderme los labios para no decir lo que pienso, las llagas de mi boca cicatrizan lentamente mientras pienso lo diferente que viviríamos todas (con diferente quiero decir “en la puta gloria”) sin reyes (o reinas), sin curas (o monjas), sin fronteras, sin banderas.

Entre Tetuán y Martil estuvimos una semana entera proyectando cada día, hubo un día que hicimos sesión triple. En Tetuán lo hicimos en el colegio El Pilar y en el Jacinto Benavente, y también en el Centro Cultural Lerchundi; todo lo anterior organizado por su industriosa directora Consuelo, que incluso trabajó para que estos centros aportaran ayuda económica a nuestro proyecto. Gracias a todas, gracias Consuelo. También tuvimos la suerte de poder hacer dos sesiones en un centro de niños discapacitados intelectuales (Centro Hanan) y otra en M’diq (En la feria del libro del Rincón), los organizadores, todos trabajadores de la Universidad, con Mohamed a la cabeza, hicieron un gran esfuerzo para que estuviéramos allí y gracias a ellos/as dormimos en un precioso y lujoso hotel. Gracias de nuevo a todos/as por el trato, el cariño y la profesionalidad con la que nos tratasteis.

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Los días en el calendario pasaban sin disminuir ni aumentar su ritmo habitual, es decir, que avanzaban sin remisión, al igual que la caducidad de nuestro visado. Estábamos tan a gusto y tan bien queridos, que cuando quisimos darnos cuenta habían pasado 15 días y aún nos restaban los más de 3000 km que nos separaban con la frontera sur del país, teníamos que movernos y finalmente con pena (como en cada despedida), lo hicimos. Esa es una de las zonas amargas de un viaje, de la continua traslación, que dejas atrás lo que te gusta y lo que no y que en nuestro caso, por ahora, siempre es lo primero.

Desde que todo este embrollo asomó en la cabeza siempre he fantaseado con una proyección en las murallas de Essaouira y he aquí que el asunto se hizo realidad; en realidad no fue gran cosa, hacía frío, poco público y había demasiada luz en la plaza para nuestro pequeño proyector pero yo estaba satisfecho. Fue una de esas noches prenavideñas en este pequeño punto costero, donde pescadores locales y turistas conviven tranquilamente cada uno a lo suyo; los unos pescando frescos jureles y tiburones y los otros imágenes inolvidables) donde me puse a recordar, agradecer y nombrar a todas las personas que nos han acogido en sus casas, todas y cada una de las noches en nuestro caracoliano circular hasta aquí.

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Parece increíble que al acabar la jornada de pedaleo y acercarse la fría noche, puedas encontrar sin demasiado esfuerzo a alguien que te invite a su casa a descansar, cenar, dormir, desayunar y reconfortarte sin pedir nada a cambio; parece difícil que esto ocurra ¿no?, pero tampoco miento ni exagero un ápice si digo que esto ocurría cada noche, todas y cada una. ¿No es esto maravilloso?, ¿no es un intercambio socio-cultural de primera?, ¿por qué nos seducen e inflaman contra quien nos quiere bien?, ¿por qué nos meten miedo y nos invitan a no salir de casa (por su seguridad, claro)? ¿no deberían potenciarse este tipo de experiencias por parte de las instituciones con más fervor y financiación con el objetivo de que gentes de culturas diferentes entiendan de una vez que las batallas mayores y menores con los vecinos y los de más allá son impuestas por unos pocos con intereses bien definidos y manipuladas, tergiversadas y espoleadas sin pudor por los execrables mass media que tanto se auto-engalanan de demócratas?.

Los primeros 1200 km por las carreteras marroquíes nos han deparado un poco de todo; saliendo de Tetuán hacia Oued Laou y Chefchaouen, nos recibieron impasibles las montañas del Rif. Entre nuestra falta de forma evidente, después de 15 días sin catar las burras, la terquedad de las rampas rifeñas (lo mínimo era un 8% de desnivel y no eran más cortas de 3 km) y los 80 kg de material transportado (sin contar la bici, las vituallas y el peso propio) atravesar el Rif fue un auténtico calvario. Datos: podíamos tardar todo el día en hacer 25 km para acabar exhaustos de verdad. Llegamos a alcanzar la vertiginosa velocidad de 3,5 km/h en la mayoría de los tramos de subida. Los paisajes de esta región montañosa son desde luego para disfrutar, pero en las subidas no podía ser, el cerebro y el cuerpo enteros estaban entregados, concentrados en cada pedalada, ni un gramo de nuestra vitalidad podía desviarse de este asunto; y después, eso sí, estaban las bajadas, pero… duraban tan poco.

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Tras Meknes, dejamos las montañas atrás y el paisaje se fue suavizando, predominando campos de labor y pastoreo. Le dimos un rodeo a Rabat y Casablanca evitando pasar por ellas.

A estas alturas ya circulábamos por ese particular asfalto de las carreteras secundarias marroquíes; si te agachas y lo examinas de cerca, parece la mismísima cordillera del Atlas en miniatura, es basto y parece untado de algún material adhesivo, claro que no lo hay, pero los neumáticos de la bici se adhieren con inusitado cariño a este particular alquitranado, cuesta mucho más avanzar. Estas carreteras secundarias no tienen arcén alguno, son más estrechas y además están mordidas por los laterales, o sea, que si no quiero meter las ruedas del carro en alguno de los agujeros de los bordes hay que circular por el centro de la vía, como si de un vehículo más se tratase, y eso, sumado a la velocidad tortuguil que llevamos, no es una buena combinación. Todos los españoles y europeos que nos topamos coinciden en que los marroquíes conducen muy mal, pero después de muchos kilómetros por estas carreteras (es la 14º vez que visito Marruecos, 12 de ellas en mi coche) he entendido que sólo es una forma diferente de conducir y que si no te adaptas a ella y sigues conduciendo como en Europa, es entonces cuando es peligroso. Todo/a conductor/a entiende que lo primero es que el tráfico tiene que fluir. Partiendo de las normas de circulación más básicas, lo demás es fácil, dejarse llevar, frenar lo menos posible, encontrar hueco para pasar y sobretodo, entender que el resto va a hacer lo mismo que tú. Un ejemplo que nos ocurre a menudo: circulando en una vía de doble sentido estrecha y mordida, si viene por detrás un camión a 90 km/h y otro de frente a la misma velocidad, tú, en la bici, sabes dos cosas seguro: una es que si coincidimos los tres a la misma altura no cabemos y otra es que ellos no van a frenar (nunca hay mala fe), con lo que solo puedes hacer dos cosas: o tirarte al arcén pedregoso (si lo hay) o plantarte en medio de tu carril, obligando al camión que viene detrás a frenar, hasta que pase el que viene de frente… por ahora va bien la cosa. Lo que está claro es que nadie se enfada, todo el mundo acepta lo que en España sería intolerable: “¡Está invadiendo mi carril!”, “¡Se ha saltado un stop!”, “¡O dios mío, conduce hablando con el móvil!”, “¡Lleva los niños sin casco, sin cinturón y sin los protectores de fútbol americano y no va a la cárcel!”… Aquí la gente no bebe alcohol, con lo que no se conduce bebido y sí, están con la mano en el claxon a cada rato, y aún reconociendo que es bastante cansino, lo utilizan para avisarte, darte ánimos, saludarte etc… nunca para increparte. La mayoría de las personas que nos encontramos caminando, en moto, en burro, en bici o en coche nos sonríe, nos aplaude, nos da la bienvenida y nos felicita ¡Es todo un subidón! Se sabe que cuanto más al sur se está más va disminuyendo el “espacio vital” en el que se manejan en sus distintas culturas las personas; no es lo mismo lo que nos tocamos en una conversación en España que lo que lo hacen los británicos por ejemplo. Pues esa distancia de separación , respeto etc que no es igual en todas partes, se manifiesta también a la hora de conducir y es ahí donde salimos perdiendo… a veces pasan demasiado cerca y es difícil contener el quintal de improperios, pero es lo que hay.

Ḿás de Marruecos:

Por ahora todo nos va tan bien que estamos con la mosca detrás de la oreja; el cielo nos enseña su mejor cara, apenas nos ha llovido desde que salimos de Tánger y si exceptuamos un día, todavía en zona de influencia del Levante, en la que el dichoso viento racheado quería tirarnos de la bici y robarnos la bandera, cosa que consiguió, el tiempo ha sido inmejorable considerando que estamos en invierno, con sus días cortos cortos y sus noches largas y frías.

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Disfrutamos mucho de los productos de temporada, la fruta, el aceite de oliva recién molido, los huevos recién cogidos del culo de la gallina, fumar de lo que dan las montañas (bueno, eso siempre es de temporada… y de primera). Como vegetarianos también salimos ganando por estas tierras, aunque la carne es el producto estrella, hay alternativas varias que afortunadamente varían nuestra dieta; no es difícil encontrar en pequeños puestos alubias o lentejas cocidas separadas de los entresijos y demás guarrerías carnícolas, en cada pueblo se consiguen sin problemas frutos secos y especias ricas ricas con lo que en éste aspecto estamos encantadas, además llevamos una olla a presión (ALZA) para cocinar con sustancia cuando no haya más remedio.

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Nos movemos por zonas rurales y estas son sus ventajas. Algunos inconvenientes también hay, son pequeños pero muy cabroncetes, por ejemplo me refiero al puñado de pulgas que engordó lo indecible a nuestra costa cuando pasamos dos noches inolvidables conviviendo con una familia de pastores muy humildes, el suelo donde dormimos estaba duro pero el respeto y cariño con el que nos agasajaron pese a sus carencias de todo fue memorable. Gracias familia Errami.

Instituciones:

El apoyo que está teniendo CINECICLETA desde que comenzó el viaje es indudable; y aquí en Marruecos hemos constatado lo que ya habíamos experimentado en los 2 años previos a la partida. Que en España las instituciones públicas ni siquiera se planteen apoyar un proyecto como este no sorprende a nadie, y a nosotros menos que no gastamos demasiada energía en comprobarlo; que en un país como Marruecos donde una no tiene tantos recursos para manejarse continúe ese ninguneo por parte de las mismas tampoco nos sorprende, sobre todo cuando lo único que vamos buscando es una noche de alojamiento donde sea, nunca dinero..Pero no podemos dejar de comparar cuando otras instituciones nos apoyan sin miramientos. Voy al grano. Muchas asociaciones marroquíes (“Montagnes Media” en Chefchaouen, “SOS Village d’enfants” en Al jadida Agadir y Marrakech, “Feria del libro” en M’diq entre otras, siempre nos han dado cobertura logística, las francesas ¿qué decir? Todavía nos estamos preguntándo que hay detrás de tanta generosidad y elegancia en Audrie y Mariam (I.F de Tetuán), Damien y Said (I.F. El jadida) y por supuesto Adine y Mathieu (I.F. Marrakech) por qué sin pedirlo nos ponen hoteles de 5 estrellas (Marrakech) durante 4 noches y además nos pagan dietas (Marrakech, El jadida). Sabemos que es una excepción, pero ¡qué bien sienta dejarse querer! También nos hemos sentido queridos y apoyados por muchos/as españoles que nos hemos cruzado, pero siempre ha sido de forma particular, institucionalmente nadie abre sus puertas, todo es pose y farsa, palmadita en la espalda y si te he visto no me acuerdo; creo que no hace falta nombrarlas y hurgar más en la herida, ellas mismas se darán por aludidas si alguna vez leen estas líneas.

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Por hoy creo que vale, además en una jornada de luto post electoral como ésta lo mejor es ovillarse y alargar el periodo reflexivo que lleve al silencio total; y no pensar que de nuevo el grueso de los habitantes de la piel de toro han decidido por las más rancias derechonas (las dos claro), los hijos del pasado oscuro siguen gobernado… y van casi 40 años.

Sigo dando las gracias por mi suerte que no se agota, Isa sigue a mi lado y disfrutando, no puedo pedir nada más.

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Salud, suerte y amor.

K

Si me permitís, quisiera hacer una recomendación literaria en estos día de espumillón, serpentina y corbata en la cabeza a modo de abalorio siux. El poeta ha hablado, ha desbarrado, lo ha escupido todo, no hay manera de parar de reír ni de asentir al leer esta sátira desternillante. Albert Plá en estado puro, en su primer libro “España de mierda” nos cuenta lo que fantasea exageradamente sobre la realidad patria. ¡¡¡Imperdible!!!